martes, 31 de diciembre de 2013

MONSTRUM I: Aquel pobre chico gordo y sus latas de cerveza






Los orígenes etimológicos de la palabra Monstruo nos hablan de señalar, mostrar..., pero también nos remiten al vocablo moneo, que significa avisar, advertir... Su extraordinaria naturaleza, casi siempre representada por una fealdad exterior o interior que sobrepasa en mucho nuestro entendimiento, raramente se deja ver sin un grave motivo. A menudo se los simplifica, retratándolos como una amenaza inminente que debe ser neutralizada, o como una fuente de horror indecible para aquellos que testifican sus andanzas, y que es combatida de inmediato por el Perseo de turno, siempre preparado para silenciar aquello que nos incomoda o que no queremos comprender. Sin embargo, son bastante más que eso. Hace mucho que decidí no combatirlos y limitarme a leer su mensaje, la advertencia inscrita en su frente. Me paro a pensar: "Muy bien, muéstrame...", y el monstruo me muestra.
     Precisamente es uno de ellos el que me lleva a escribir esto ahora mismo, y lo hace porque el peso de su enseñanza ha sido importantísimo en mi vida personal y profesional. Denominaremos a este más que notable ejemplar con las siglas A.S (sí, parecido a "culo" en inglés). Lo conocí hace bastantes años. Por aquel entonces se trataba de una criatura risueña, entrada en carnes, algo torpe pero voluntariosa, el tipo de criatura que no querrías dañar jamás. Pese a sobrepasar mi edad en casi diez años vestía de un modo juvenil, lo cual me produjo una agradable sensación de cercanía. Todo en él, el modo en que se conducía, sus temas de conversación, que saltaban del cómic número tal al cómic número cual, las expresiones que utilizaba, los argumentos encantadoramente inocentes, y su disposición para abordar cualquier empresa, por complicada y poco rentable que fuese, le bastaron para ganarse mi simpatía y, poco después, mi amistad. Pero pasaré a contar los motivos que propiciaron nuestro encuentro: yo llevaba varios meses buscando dibujantes para un proyecto cinematográfico que ocupaba mi tiempo por aquel entonces. El film, de dibujos animados, requería de pinceles para la galería de personajes y posteriormente para el story de uno de sus pasajes. A.S se mostró encantado de colaborar en el proyecto. Durante todo un verano, quedamos cada semana para ir dando forma sobre el papel a las ideas que le iba comentando. Gradualmente nuestras citas se fueron volviendo más un gesto amistoso que una rutina de trabajo, y una vez quedó listo el libro de producción continuamos viéndonos con asidua religiosidad. Nos atiborrábamos de cerveza, picábamos toda clase de "porquerías" y hablábamos de nuestras inquietudes. Yo, que por aquel entonces ya escribía, no podía sino congeniar con sus inagotables historias sobre traiciones e injusticias editoriales que, aseguraba, había sufrido durante años en su afán por publicar tanto sus textos como sus dibujos. ¿Era posible que una persona tuviese tantos enemigos? Es más: ¿era posible que tantos enemigos urdieran planes para hundir a un desconocido, poseedor, además, de un carácter aparentemente tan pacífico como el suyo? ¿Era posible? No lo sé, pero pese a verlo improbable, le creí. No tenía motivos para no creer sus historias, aunque estas hablasen de individuos que le habían acusado de actos matonescos en mitad de la calle —¿aquella criatura con aspecto de mesonero afable? No podía ser—; deudas millonarias de jefes que habían explotado sus habilidades como dibujante y se negaban a pagarle; desprecios constantes de vecinos y amigos cercanos —"Pero qué asco de gente, tratar así a mi amigo", pensaba yo—, y un largo etc, que dejaba las desgracias de Jean Valjean a la altura de una sitcom de Disney.
     Los años transcurrieron, sin ninguna novedad significativa. Nos reuníamos, soltábamos algunas ocurrencias, comentábamos alguna película, algún comic, algún libro, y, como de costumbre, aprovechaba como tantas veces para hablarme de nuevas injusticias. La lista de malhechores fue creciendo, rozando ya lo extravagante, pero yo continuaba creyéndole: ¡mundo injusto que se ceba con los más débiles! Entonces, un buen día, empecé a percibir pequeños cambios. Al principio eran rarezas casi invisibles en una superficie que creía conocer ya a la perfección, pero que poco a poco se fueron haciendo más evidentes. Su mirada se volvió turbia, su gesto se oscureció, sus críticas hacia el mundo editorial o hacia otras personas que ya habían publicado ganaron en virulencia. Cuando le preguntaba qué era lo que le sucedía, tomaba los mismos argumentos de siempre y luchaba por reciclarlos, en un esfuerzo por vendérmelos como algo nuevo. No lo conseguía: "Se han puesto en mi contra", repetía por centésima vez, "No me dejarán publicar. ¡Mírales, qué felices, en sus reuniones, en sus comidas, hablando de sus libros, con un nuevo manuscrito a punto de ser publicado! ¿Por qué ellos sí y yo no? Mis textos son mejores que los suyos, bla, bla, bla...", y así, de continuo. Lejos de remitir con el tiempo, su obsesión fue ganando en agresividad. La frustración de no ser publicado terminó aflorando de múltiples maneras, algunas de ellas extremadamente preocupantes. Ahora mismo vienen a mi memoria algunos episodios que tuve la desgracia de vivir: el de aquella pobre chica que cruzaba un paso de cebra en dirección contraria y tuvo la desgracia de toparse con  A.S y su bolsa cargada de latas de cerveza. Oí el golpe, oí el grito de la chica y vi al monstruo acelerando el paso, escabulléndose, haciendo como que no había pasado nada, tal vez por el temor de una posible represalia. Recuerdo la mañana en que la policía secreta sustrajo de su chaqueta una pistola de aire comprimido —una de esas réplicas perfectas con las que, descubrí, el monstruo gustaba de practicar el tiro al blanco en la azotea de su casa, y se protegía de los "negros y maleantes" que, aseguraba, poblaban su barrio—; habíamos paseado juntos toda la mañana, yo ajeno al contenido de sus bolsillos, él pisando como un cowboy de baratillo, ridículo pero potencialmente peligroso, como sucede siempre que un imbécil se hace con un arma, aunque sea de imitación. En una ocasión se lanzó contra una chica en mitad de la calle, la arrinconó y la amenazó. Agarré al monstruo con todas mis fuerzas y la chica, aterrorizada, consiguió escapar. "A.S, ¿por qué has asustado a esa pobre chica? Ella no te ha hecho nada", le dije indignado por su comportamiento. "¿Que no ha hecho nada?", me respondió, todavía bajo los efectos de su estallido de furia, "¿Entonces por qué corre?". Reconozco que su respuesta me hizo gracia, pero no me permití reflejarlo; ante mí tenía la triste estampa de un adulto que trataba de justificar lo injustificable, un barco sin timón que amenazaba con comerse el rompeolas por puro convencimiento, ¡y lo consideraba mi amigo! "Lo que haces está mal", continué. "Rafa, si está mal, ¿por qué hace que me sienta bien?", fue su respuesta, tan estúpida y desequilibrada como la anterior, igual de inquietante.
     ¿Qué podía hacer? Pese a su comportamiento, siempre había sido correcto conmigo, incluso generoso. Decidí mirar hacia otra parte y seguir siendo su amigo, sin olvidar, claro está, que me encontraba al lado de una persona muy inestable y con graves problemas de autoestima. No volví a hablarle sobre el asunto, me limité a observar, y a intentar que sus explosiones matonescas no llegaran mucho más lejos. De repente, un día que habíamos decidido comer fuera, sacó un sobre de su chaqueta y me lo puso ante la cara. Recuerdo que sus ojos cayeron sobre mí a plomo, y que apretaba los dientes, en un gesto que de tratarse de palabras habrían sido: "¡Mira! ¡Y ahora qué!". "¿Ahora qué? ¿Qué quieres decir?", debieron decir los míos mientras agarraba el sobre y lo abría. Se trataba de una respuesta de la U.P.C (Universidad Politécnica de Cataluña); le iban a publicar un relato en uno de sus volúmenes. Un alivio tremendo se asentó en mi interior; A.S había conseguido por fin aquello que más deseaba en la vida, ser publicado en papel, y esto repercutiría positivamente en su estado de ánimo. Sin embargo, su expresión no cambió, y mantuvo aquel gesto de revancha, casi de desprecio hacia mí, durante toda la tarde. No le di mayor importancia. Poco imaginaba en aquel momento que las enseñanzas del monstruo estaban a punto de empezar.
 
 
(Continuará...)
 
 

lunes, 2 de diciembre de 2013

BUENO, BONITO... ¡MALDITO!





Trece historias, trece puertas que le llevarán a lugares donde únicamente alguien como usted, ducho en toda clase de escenarios terroríficos, querría estar. BUENO, BONITO...¡MALDITO!, es el último volumen que La Pastilla Roja Ediciones dedica al noble género del cuento de terror. Esperemos que cunda el ejemplo.


Los relatos que componen el volumen son:

1 - La Llave de Jacob Gibbons - Pablo García.
2 - Kaviars Skaits 3 - Iván Mourín
3 - Aisling - Ana Morán.
4 - El sabor de la locura - Álvaro Peiró.
5 - La mudanza - Marta Junquera.
6 - El reflejo del alma - Lucía Pérez.
7 - El hechizo del estío - Beatriz Troitiño.
8 - Hornet - Luis Guallar.
9 - El informe - Raúl Ansola.
10 - La butaca del infierno - Daniel Meralho.
11 - El silbato de Irah - Néstor Allende.
12 - La promesa - David Rozas.
13 - Reliquias - Ana Martínez.




viernes, 8 de noviembre de 2013

LÚA: LA ÚNICA ALTERNATIVA

 
 
 
¿Qué es LÚA? LÚA es un cofre del tesoro, un arcón mágico en el que podrá buscar y reencontrarse con ese menú que tantas veces ha devorado en sus ratos libres, ya sea en buena compañía o a escondidas.  En sus páginas tendrá la oportunidad de revisitar esa vieja película que ha visto hasta la saciedad y disfrutarla como si fuese la primera vez; podrá leer acerca de esos cómics que no pudo olvidar; podrá viajar a los orígenes de su libro favorito y conocer sus secretos; desempolvar antiguos videojuegos y alternarlos con lo último en ocio electrónico; estará al tanto de las novedades en merchandising y coleccionables, así como de aquello que se le escapó en su día pero que aún puede conseguir. Por si fuera poco todavía quedará sitio para relatos, cómics exclusivos y un montón de sorpresas. Y todo por sólo dos euros. El pistoletazo de salida en diciembre.


martes, 5 de noviembre de 2013

UN MUNDO DE SOMBRAS (Adelfos, Capítulo III, Libro III: Una mujer)





 


—Tú debes de ser la pequeña Alejandra; tienes la misma mirada de tu madre. Bien, yo soy Fidón, y a partir de hoy seré tu nuevo tutor. Cuando dejes de llorar límpiate el rostro y recoge tus cosas. Ya no vives aquí.
     Estas fueron las primeras palabras que escuché de los labios de mi tío, y jamás he conseguido borrarlas totalmente de la memoria. Tampoco aquella espantosa mañana de fría lluvia, en la que todos los temores de una noche de guardia se hicieron realidad.  Quizá era demasiado niña todavía para comprender los mecanismos de la muerte, quizá no estaba preparada para hilvanar un «hasta mañana» con un «hasta nunca». Da lo mismo, en realidad nunca se está del todo preparado. Por fortuna, el maestro estuvo siempre conmigo, desde que mi madre dio las primeras señales de agotamiento hasta el fatídico amanecer en el que sus ojos aparecieron fríos y abiertos, como el sol invernal que nos trajo el nuevo día. Fueron entonces sus brazos los que me dieron algo de calor y consuelo, y eso tampoco podré olvidarlo jamás. Creyó conveniente no mover el cuerpo de mi madre hasta que llegase mi tío, al que había mandado llamar días antes del lamentable desenlace. Éste, un hombre al que jamás había visto antes, se haría cargo de todo. Y, en efecto, así sucedió; nada más llegar cavó una fosa junto al huerto, donde fue depositada la que había sido mi única familia; dispuso de las escasas pertenencias que mi madre consiguió reunir a lo largo de una vida, que él mismo calificaba de forma despreciativa como insólita, y solventó los últimos detalles de la transición con mi querido maestro, a quien dejó en posesión de la vieja choza como pago por sus muchos años de dedicación y compañía. Todo sucedió muy rápido, a una velocidad insultante. Antes de que me diese cuenta estaba subida en el carro de mi tío, acompañada del cordero y las gallinas de mi madre; toda su fortuna, salvo por las coles que quedaron abandonadas en el huerto.
     El buey mugió bajo el restallado de una vara y las ruedas del carro se pusieron en movimiento. La última imagen que conservo de mi antiguo hogar es la del umbral de la choza, ocupado por la figura corpulenta del maestro, que miraba cómo nos alejábamos por el camino. Levantó la mano en señal de despedida. Yo hice lo mismo. Fue la primera vez que vi llorar a un hombre.
     Pronto despareció de mi vista. El carro bordeó la empalizada de árboles que rodeaba la casa y descendió por una abrupta ensenada que nos colocó a la altura del sembrado donde tantas veces había visto trabajar a los hombres. Y allí estaban ellos nuevamente, como cada día, aunque sus formas me pareciesen ahora bien distintas. Las sombras desaparecieron; eran hombres, como el maestro, como mi tío, igual de reales, cada uno con un rostro y una forma propia de mirar. Ahora que podía olerlos de cerca me invadió una profunda congoja. En aquellos primeros instantes pensé en saltar al camino y echar a correr hacia la vieja choza con mi querido maestro, pero fui incapaz. El miedo me mantuvo todo el tiempo clavada al suelo del carro, consciente de que continuaría su viaje más allá del sembrado, hacia el corazón de un mundo dominado por aquellas criaturas de aspecto inquietante. Ya nada volvería a ser lo mismo.
     Fue un viaje largo, lo suficiente como para comprobar cuán minúscula era en comparación con el mundo; apenas una gota de agua en mitad del mar. La tierra se extendía hasta donde podía ver, cambiando de manera constante al tiempo que nos movíamos, superando sobradamente cuanto había soñado sobre la realidad más allá del sembrado. El color de los campos pasó del cetrino oliváceo de los arbustos al tostado del suelo yermo, para acabar rezumando un verdor que traía a la memoria los primeros aires de la mañana. Para entonces las montañas del sur dominaban el horizonte: el palacio de Pan, Arcadia y sus misterios.
     El frescor del anochecer comenzaba a hacerse notar cuando el carro se detuvo. Habíamos subido bastante desde la última vez que asomé mis ojos al exterior; ahora podía ver el mundo extenderse más abajo,  dibujándose borroso tras las brumas que se reunían al pie de los acantilados. El hogar de mi tío se encontraba al abrigo de un bosquecillo de almendros, a poca distancia de la ciudad de Tegea, aunque no lo suficientemente cerca como para verse afectado por el movimiento y la vida que se generaban tras sus muros. Era, en definitiva, una granja solitaria, más bien grande, pero algo abandonada en su mantenimiento. Las paredes eran de adobe, y estaban pintadas de un color indefinido, que una vez bien pudo ser azul, pero que en aquel momento se asemejaba más a un blanco lechoso. Detrás de los fardos de paja que conformaban el tejado del hogar principal, podían verse las maderas negras y mohosas que componían el esqueleto de un cobertizo en ruinas; los restos carbonizados de algún incendio que habían sido toscamente remendados. Al bajar del carro y pisar aquel suelo duro y empedrado, sentí frío. Me estremecí.
     —¡A ver qué traes en ese carro, viejo patán!
     Una figura enorme emergió de las sombras de la casa y pasó a mi lado arrollándome. Era una mujer de hombros anchos y mandíbula prominente que se lanzó con una avidez casi salvaje a la parte trasera del carro. Se giró sujetando una gallina en cada mano; su sonrisa parecía cincelada en granito.
     —¡No está nada mal! —exclamó satisfecha—. ¡Dejaremos los nabos por un tiempo!
     No llamé su atención hasta que mi tío me presentó.
     —Esta mujercita es la hija de mi hermana. Se llama Alejandra.
     La mujer descansó por un instante de su estado de excitación y se inclinó para examinarme con detenimiento. Cuando hubo comprobado que no era ni gallina, ni cordero, ni conejo, ni cualquier otra cosa que pudiese llevarse a la boca, me sonrió.
     —Interesante —susurró con aire burlón—. Nunca he comido nada que se te parezca.
     Soltó una ruidosa carcajada y volvió a ignorarme. Seguidamente, demostrando un desinterés absoluto hacia mi persona, se dedicó a buscarle alojamiento a los animales en el cobertizo, mientras cantaba una horrible cantinela de la que solo recuerdo su brutal entonación.
     —No hagas caso —dijo mi tío conduciéndome al interior de la granja—. Sólo es una vieja estúpida con más estómago que cabeza.
     “... e incapaz de poner un huevo además”, añadí en mis pensamientos de forma espontánea y sin saber muy bien por qué.
     El interior de la casa estaba en penumbra. La luz del patio interior, cuajado de espinos y malas hierbas, se desvanecía rápidamente, y un aire gélido recorría las estancias a placer, saliendo y entrando por las ventanas. Sentí un estremecimiento: por primera vez fui consciente de lo lejos que me encontraba de la vieja choza donde había vivido con mi madre; de las leguas de tierra que me separaban de ella; con horror, comprendí que de nada me serviría que la llamase a gritos, pues sus oídos ahora sólo eran carne muerta. Quise llorar, pero no pude; un temor más grande que la noche me atenazó, desarmándome y convirtiéndome en un fardo más, fácil de transportar.
     —Estoy seguro de que te adaptarás fácilmente a este lugar —oí decir a mi tío desde algún lugar apartado de la casa.
     Un punto de luz emergió entonces flotando por la puerta que daba al patio; con un pesado arrastrar de pies la sombra portadora de la llama se movió hacia un lado de la habitación. Una pequeña deflagración creó otra fuente de luz: había prendido un candil.
     —De todas formas —continuó, cruzando la estancia hacia el otro extremo—, me encargaré de que así sea.
     La luz temblorosa alumbró los duros contornos de su rostro. Sus ojos estaban fijos en mí, y aprecié cierta severidad en ellos. Comprendí que aquellas palabras eran más una advertencia que un intento por consolarme.
     —Pero no hay de qué preocuparse. —Guardó silencio y escuchó con una sonrisa la horrible voz de aquella mujer cantando en el cobertizo—. La vieja Egeria no te molestará, y nosotros nos llevaremos perfectamente, ¿verdad?
     No respondí, pero eso a Fidón le daba lo mismo.
     —Sí —dijo rumiando la palabra en un suspiro placentero, mientras encendía otro candil que alumbró el centro del habitáculo—. Este lugar te acabará gustando.
     Luego sopló sobre la varita seca que tenia en la mano, apagando la llama.
 

sábado, 29 de junio de 2013

EL HOMBRE DE MIMBRE No1: RENACIMIENTO.










Cuando este proyecto vio la luz por primera vez (hace dos años), lo hizo con la audacia y la ilusión de cualquier jovencito que inicia su camino en la vida. No le faltaban ganas, ni talento, ni planes de futuro, pero tampoco podía desprenderse de la inevitable bisoñez que acompaña siempre al principiante. El tiempo ha pasado desde entonces y nuevos talentos se han ido incorporando a la publicación, haciéndola madurar y mejorar también de forma significativa. Ya no podíamos conformarnos con aquel entrañable batiburrillo de buenas intenciones que nos dio a conocer, se hacía necesario dar el paso y mejorar, evolucionar. El número 4 ha sido el primero en abandonar la crisálida de la inexperiencia y definir lo que será la publicación a partir de ahora. Se han solucionado serios problemas de maquetación (gracias a la importante labor de Diseño Digital), de los cuales me hago enteramente responsable, y se han mejorado otros aspectos como el color, el diseño gráfico (Animagina, siempre mejorando) y, sobre todo, el contenido artístico. La selección de relatos sigue ahora una pauta marcada por la experiencia pasada con los lectores, que ya se encargaron de señalar aquellas temáticas que más agradaron, así como las que menos lograron acaparar su interés. Esto, sumado a los dibujos de Antonio Hernández dio como resultado uno de los números más satisfactorios de la colección.

El buen hacer de Calavera Diablo adereza los relatos
de este NUEVO número 1.
    Pero no podíamos desatender el camino andado. Tenemos tres números publicados que merecen regresar a lo grande, por lo que hemos decidido retomarlos y darles una segunda oportunidad. Al tratarse de material ya editado, nos hemos visto obligados a realizar algunos cambios. El Número 1 será el primero en mostrar estas diferencias. Algunos relatos han sido sustituidos, no porque la calidad de los originales fuese inferior, sino para solventar posibles problemas legales con una futura edición en papel. Al mismo tiempo se hizo necesaria una renovación del aspecto gráfico. La notable labor de Antonio Santos, da paso a la excelencia de Calavera Diablo, un artista gráfico como pocos, que ha ilustrado ya varios libros de éxito así como periódicos y revistas de reputado prestigio. Muy pronto podrán comprobarlo, así como disfrutar ¿otra vez? del talento de Pedro de Paz, Pedro Pujante, Félix Jaime, Alba Ferrara, Allan Fergusson, Alexander Copperwhite y un servidor. Hasta la vista.


 

lunes, 10 de junio de 2013

NO ERES BIENVENIDO











No hagáis caso del título. Con "No eres Bienvenido", La pastilla roja ediciones te da la bienvenida a ese pueblo maldito que siempre quisiste visitar. Ya no será necesario recurrir a desvíos inexplorados, o al viejo radiador de nuestro coche, con la ominosa costumbre de fenecer en el peor lugar y en el peor momento posibles; bastará con abrir este volumen y atreverse con: 

MEDIANOCHE, de Miguel Aguerralde.
HONEYBROOK, de Raelana Dsagan.
LOUIS T. CLARK, de Alberto Guerrero.
LOS NIÑOS DEL MOLINO, de A. M. Caliani.
INNS TOWN, de Daniel P. Espinosa.
WIDOW’S ISLAND, de So Blonde.
SIEMPRE VUELVEN PARA EL JUICIO, de David Pardo.
BLEEDY HILLS, de Uriska Serrano.
EL ABONO, de Macu Marrero.
FAMILIA, de Francis Cuevas.
HOLY MOON, de David Rozas.
ALIMAÑAS, de Alicia Pérez.
BIENVENIDOS A HAFRA, de Santiago Pérez.

Estoy convencido de que la visita será una experiencia inolvidable. Palabra de mimbre.


Booktrailer:


sábado, 11 de mayo de 2013

EN TIERRA TRANQUILA (Avance - Novela)




 
Y otro ángel salió del templo, gritando a gran voz al que estaba sentado sobre la nube: «¡Mete tu hoz y siega! Porque ha llegado la hora de segar, porque la mies de la tierra está madura».
  La tierra es segada (66:14:14 - 66:14:20)
    Apocalipsis de San Juan


Capítulo I: «Yo, el pequeño Andrew».

 
Mi padre suele decir que Corncob Hill, con menos de cien habitantes y una extensión total de diecinueve millas cuadradas, es un lugar demasiado pequeño para ser escenario de grandes acontecimientos, y creo que éste es el pensamiento más común entre sus vecinos. De poco sirven los esfuerzos del alcalde Sheffield durante sus discursos de año nuevo, refiriendo el pasado turbulento del estado de Vermont, la fortaleza francesa de Sainte-Anne, en la isla La Motte, el complicado equilibrio entre las tropas de Luis XIII y los jefes de la nación india, o la posterior guerra entre franceses e ingleses por el control de esta tierra, algunas de cuyas batallas tuvieron lugar muy cerca de aquí; sí, de poco sirven sus esfuerzos cuando la vida entre el Lago Champlain y las Green Mountains, situadas al este, transcurre plácidamente entre dorados bosques de hoja caduca, lagos solitarios y abundante jarabe de arce.
     Créanme, sé de lo que hablo, he nacido y crecido en la granja  Backus, la hacienda más pequeña del pequeño Corncob Hill, en el tranquilo Vermont; si alguien sabe lo que es sentirse pequeño y apartado del mundo, soy yo. La granja fue comprada por mis bisabuelos cuando aún eran jóvenes. Buscaban una nueva vida, más tranquila, alejada del Nueva York del ejército federal y las Draft Riots, y no podían haber encontrado un lugar mejor que éste. En un espacio menor a sesenta acres, la granja Backus ha generado suficiente maíz y tranquilidad para contentar a tres generaciones de mi familia, y ha sido el escenario perfecto para que en sus cabezas tomara forma el tipo de convicción que ronda ahora mismo por la mía, mientras observo mi figura en el espejo:  «Andrew, qué pequeño eres».
     Desde luego no es culpa del traje negro; el señor Applewhite sólo vende lo mejor en su sastrería, y mi padre estuvo presente el día que me tomaron las medidas. No, la camisa blanca y el bermellón de la corbata tampoco tienen la culpa. Soy yo; mis pobres huesos vermonteses, alimentados con sirope casero y tortas de maíz, tienen la culpa de todo. De algún modo, la hacienda, con su inconfundible olor a madera mojada, el ladrido de los perros y el asmático ronroneo de la New Holland de mi padre segando el maizal ha calado demasiado hondo en mí como para que el espejo lo pase por alto. Es muy tarde para ocultarlo: con apenas dieciocho años ya soy un producto de la granja Backus, como mi padre, y el suyo antes que él. Me pregunto si Elisabeth tampoco lo pasará por alto. ¡Claro que no! Ella ha vivido sólo los dos últimos años de su vida en Corncob Hill; aún conserva el carácter inquieto y observador de la gran manzana, de ese Greenwich Village atestado de teatros y galerías de arte que tantas veces menciona. El divorcio de sus padres la condenó a vivir con su madre en este paraje apartado, y a tener como amigo a un chico de hombros caídos que apesta a granja. Porque, admitámoslo, seguro que es esto lo que piensa de mí. Sí, debe odiar este lugar, y a mí por formar parte de él. Estoy convencido de que si tolera mi presencia es sólo por ser el mejor amigo de Michael. Hoy me dará dos besos y me sonreirá, puede que hasta haga algún comentario piadoso sobre lo bien que me sienta el traje y permanezca a mi lado un buen rato, pero lo hará por Michael. Si Michael no existiese ni siquiera se fijaría en mí. A veces me pregunto si me invitarán a su boda cuando se fuguen juntos de este pueblucho de mierda y formen una familia en Nueva York o en cualquier otro lugar, y si llegado el momento no estaré demasiado ocupado segando maíz como para poder asistir. ¿Me echarán de menos?
     Miro el reloj de pulsera. Dentro de dos horas dará comienzo la graduación de mi mejor amigo. El Thomas Chittenden colledge ya es historia para él, un pequeño capítulo en la vida de alguien que jamás echará raíces en este pueblo. Su próxima parada: la Universidad de Columbia, en Nueva York. He oído que no es un lugar donde admitan a cualquiera, eso dicen, pero Michael no es cualquiera. No, definitivamente no es cualquiera. Supongo que cuando se marche, las visitas de Elizabeth al apartamento de su padre en Greenwich Village se harán más frecuentes, y mi aislamiento en  Corncob Hill mucho más evidente. Pero es algo que siempre he sabido. Mis raíces son grandes, arraigadas en lo más profundo de la granja, y ellos... bueno, ellos pueden volar.
     Fuera suena el claxon del coche. Mi padre ya está preparado: una de sus camisas de franela y la chaqueta de piel le bastan. Reviso el nudo windsor de la corbata, tal y como él mismo me enseñó a hacerlo, alzo los hombros y vuelvo a observarme en el espejo, esperanzado en ver a otra persona, buscando un ángulo diferente. Inexorablemente, la fatal convicción vuelve a alzar su voz: «Andrew, qué pequeño eres».
 
 
 

 

martes, 7 de mayo de 2013

PAREIDOLIA





Sucedió el pasado verano. ¿Recuerdas aquellos días en la costa? Sí, en aquel caserón tan tranquilo. Era nuestro treinta aniversario y lo celebramos a lo grande, con ostras, varias botellas de Château Margaux y el aire más limpio que había respirado en años. Por las tardes solíamos bajar a la bahía, hundir los pies en la arena y abandonarnos a la visión calma y azulada del mar. Aquella tarde estabas igual de hermosa que siempre. Como tantas veces, me permití entornar disimuladamente la mirada y detenerla en las curvas de tu cuerpo, enfundado en uno de esos vestidos color miel que tan bien te sentaban; en la delicada rectitud de tu cuello, frágil pero de una altivez intimidante; disfruté de tus acostumbrados silencios, siempre llenos de argumentos irrebatibles, y de cien detalles más que nunca dejaron de maravillarme. Treinta años llevaba observándolos, sin que el efecto que su visión tenía sobre mí mermase lo más mínimo. ¡Treinta años! Mi corazón se estremece al pensarlo.
     El sol descendía ya hacia el horizonte y sus rayos comenzaron a lacerar la atmósfera, llenándola de tonos rojizos. Sonreí. Tanto tiempo observándote y era la primera vez que lo hacía bajo aquel prisma crepuscular. Entonces algo sucedió: quizá fue la luz, o tu posición, o mi perspectiva. Cambié de postura, esperanzado, sin conseguir nada. Probé a frotarme los ojos. ¡Era inútil! De repente las líneas de tu cuerpo se me aparecían distintas; duras, cortantes, impropias de la mujer con la que había dormido tantos años. La cintura era demasiado estrecha, antinatural, el resultado de dos hendiduras con forma de media luna, que daban a tu silueta la forma de un "8". Quise levantarme y pedirte que volviésemos a casa, creyendo, idiota, que de ese modo podría evitar cuanto sucedía. Por un instante, la bocina de un mercante, a lo lejos, me devolvió algo de mundana tranquilidad. Sí, todo podía deberse a un efecto de la luz. No podía ser de otro modo. Volví a ladear la cabeza en tu dirección, con miedo. Allí seguías, tan hermosa como siempre y al mismo tiempo... tan distinta. Tu cuello era ahora mucho más delgado, inhumanamente delgado, y se alzaba sobre mí como un mástil imposible. Quise mirarte a los ojos, pero ya no pude; donde había estado tu cabeza encontré una protuberancia acaracolada, una suerte de clavijero con cuatro palometas negras, dos a cada lado, y cuatro cuerdas tensadas que te recorrían el cuerpo hasta los pies. ¿Pies? ¿Podía ser llamado así aquella espiga metálica clavada en la arena? Me levanté horrorizado y logré farfullar una pregunta: «Cariño, ¿eres tú?». Eso fue todo. Respondiste con tu habitual silencio cargado de argumentos irrebatibles, ese que habías usado conmigo durante treinta largos años. ¿Cómo pude estar tan ciego? Te cogí en brazos y abandoné la bahía. Había llegado a ella con la mujer de mi vida, y la dejaba con un violonchelo.
     Aún te quiero.

jueves, 2 de mayo de 2013

JORDI DÍEZ: El EXPLORADOR SONRIENTE.





Jordi Díez, genio y figura hasta la sepultura.
Jordi Díez, autor de La virgen del sol y El péndulo de Dios, nos habla de su relación con Latinoamérica y de su primera aventura como escritor. Conoceremos un poco mejor los pilares artísticos y personales que han dado forma a la atractiva personalidad de este tarrasense de padre catalán y madre andaluza. Por último, nos adelantará algo de su próximo trabajo, una novela especialmente ambiciosa en la que regresa a las brumas del continente americano, y ahonda en esa verdad que permanece oculta bajo la historia escrita. ¿Quieren descubrir América? Viajen con Jordi Díez. No se arrepentirán.


 
HM: Jordi, tengo entendido que tu primera experiencia con las letras no fue totalmente satisfactoria, al menos no todo lo satisfactoria que espera un niño de cuatro años.
 
JD: ¿Cómo has sabido esto?, ¡me has sacado una gran sonrisa con esta pregunta!
En efecto, mis padres, siendo yo muy niño, me apuntaron a una guardería en la que “obligaban” a todos los niños a aprender a leer y escribir con la temprana edad de tres o cuatro años. Yo tuve la inmensa fortuna de ser uno de esos niños, por lo que todos los recuerdos de mi vida van vinculados a la lectura. El problema es que ya desde niño nunca acepté demasiado bien la jerarquía y aquel centro educativo era de la vieja escuela, jajaja, por lo que pasé más horas castigado que en las aulas, algo que se ha repetido de manera continua durante toda mi formación.
Sin embargo es algo que agradezco muchísimo, porque mientras los otros niños aprendían a pegar gomets de colores o a pintar sin salirse de las líneas de un círculo, yo leía los cuentos que me compraban mis abuelos con la puntualidad de un reloj.


HM: ¿Recuerdas con cuál de aquellos libros comenzaste a disfrutar como lector?
 
JD: Las primeras lecturas que recuerdo son de muy niño, libros de cuentos ilustrados que leía a la luz de una lámpara de flexo que mi padre compró de segunda mano. Recuerdo todavía uno en especial, cuarenta años después, “Pere sense por” (Pedro sin miedo), en el que un niño que jamás tenía miedo se adentraba en castillos, casas abandonadas y bosques encantados, y que se enfrentaba en una de las ilustraciones a la sombra de un gran lobo que me atemorizó por años.
Siguieron los TBO de la época, cuentos de Disney, Tintin, y las primeras lecturas ilustradas de Julio Verne, Los Cinco, Phantomete, Peter Pan. Fueron años de grandes descubrimientos.
Por aquel entonces, no tendría yo más de cinco o seis años, abrieron el primer Hipermercado de la zona al que mis padres, como el resto de la clase trabajadora, acudían los sábados para renovar las despensas familiares. Solían dejarme en la sección de libros por un par de horas, mientras ellos recorrían los pasillos del centro comercial armados con un carro de compras y una lista. Recuerdo cómo rogaba porque se retrasaran todo lo posible y me dejaran más tiempo a solas, en mi propio mundo, con aquellos libros. También acuden a mi memoria las horas perdidas que pasé en las salas de espera de dentistas, pediatras, oftalmólogos y cualquier otro especialista al que suele acudir un niño, siempre parapetado tras un buen libro.
Mis abuelos contribuyeron de forma muy activa en esta pasión por las letras, ya que sus regalos consistían en tebeos o libros ilustrados que devoraba con fruición. Años después comprendí el motivo por el que adoraban a mi abuelo en la librería del barrio: ¡era el mejor cliente!


HM: La Virgen del Sol es tu primera novela publicada, y ha tenido una gran cogida tanto en España como en buena parte de Latinoamérica. ¿Cómo viviste este importante paso en tu carrera? ¿Podrías enumerar algunos de los demonios personales que, estoy convencido, lograste exorcizar con este primer y merecido éxito?
 
JD: La Virgen del Sol fue en efecto mi primera novela acabada y publicada, y sin duda la más íntima que jamás escribiré, o eso creo en estos momentos. Su acogida me sorprendió porque Ediciones B realizó tres ediciones consecutivas en las que se vendieron más de cuarenta mil ejemplares. Algo impensable para un autor novel que debutaba con una novela histórica sobre un tema del que apenas se ha escrito casi nada, y sin promoción alguna.
Lo que comenzó con la idea peregrina de un diario de viaje, del primero que hice a Perú, comenzó a tomar la forma de un relato que creció hasta convertirse en novela.
Ese fue un momento crucial en mi vida, ya que en los meses previos a la escritura de la novela viví lo que ha sido, hasta ahora, mi peor momento vital. Sumido en ese laberinto encontré una salida acercándome a prácticas de yoga y meditación. Conocí entonces a un grupo de gente variopinta de la que comprendí que se podía vivir la vida de tantas maneras como personas somos, sin que un único camino fuera el que conducía a la felicidad, como siempre había creído, así que comencé a viajar y a escribir por primera vez en serio sobre temas con más carga de profundidad de los que había tratado hasta entonces. En las páginas de La virgen del Sol están enterrados muchos de los cadáveres que había guardado en mi armario, y que aireé en forma de personajes para que me dejaran dormir de nuevo.
También están plasmados algunos de los descubrimientos que hice en mis meditaciones e interiorizaciones, una práctica que adopté desde entonces y que me ayudó a calmar la hiperactividad de mi mente y a conocerme como adulto.
Pero La virgen del Sol no es sólo fruto del fango de mi vida, es sobre todo una novela tan cuidada y documentada como mi capacidad intelectual me permitió desarrollar. Fruto de cuatro viajes, dos de ellos en solitario, en los que conviví con chamanes indígenas, realicé sus ritos, viajé a sus lugares sagrados, y viví algunas de las mayores experiencias místicas de mi vida, pero también fruto de la documentación obtenida en los museos del Cusco y Lima, y otros más pequeños de provincias, tras escritos, restos, momias, y todo lo que pudiera aportar un mayor conocimiento sobre el terreno del mayor imperio que jamás tuviera América.


HM: Sudamérica tiene reservado un lugar muy especial en tu corazón. Tu mujer y tus tres hijos son latinoamericanos y además trabajas en una importante empresa turística que opera en República Dominicana, sin embargo, leyendo tu relato "Guaneró" (El Hombre De Mimbre N4), uno no puede evitar preguntarse si dentro de Jordi Díez aún queda algo de aquel antiguo explorador español que veía el continente americano desde cierta distancia, casi como si estuviese ante un jardín misterioso perteneciente a otro mundo. ¿Qué hay de cierto en esta apreciación?

JD: Os voy a contar una pequeña anécdota sobre Latinoamérica. Mi primer viaje fue a Perú, y cuando llegué al aeropuerto internacional de Lima sentí que volvía a casa. Ese sentimiento lo sigo teniendo hoy en día. Para los catalanes, que muchas veces nos creemos el ombligo del mundo, o para los españoles que creen que por haber nacido en un país con un pasado centenario, de luces y sombras con trazas de imperio, poseen todos los derechos del mundo, Latinoamérica debería ser una visita obligada. La vida en Latinoamérica, o en gran parte de ella, es tan sencilla como que el que tiene mucho vive como un maharajá, el que tiene sobrevive, el que tiene poco malvive, y el que no tiene, se muere a las primeras de cambio. Aquí los derechos sociales como la sanidad, la educación, etc., se pasan por el forro. Por supuesto es una generalización injusta como todas, pero en muchos lugares del continente es así.
Esta vida un tanto anárquica, no exenta de riesgo, pero en la que cada uno se marca un poco el camino a seguir sin que haya un papá estado que indique hasta las horas de cariño a dedicar a las mascotas, me fascina y me hace sentir vivo. Por supuesto deploro la diferencia social y la pobreza que inunda muchos de sus millones de kilómetros cuadrados y es evidente que deberían aprender a mejorar en eso, pero ese sentimiento de vivir el día a día con intensidad porque nadie sabe qué va a pasar mañana, fue una gran lección para mí.
Qué mi mujer y mis hijos fueran latinoamericanos, además de países diferentes, sólo fue una casualidad de la vida de la que me alegro cada día más.
El relato “Guaneró”, aparecido en El hombre de Mimbre N4, es fruto de la nueva novela que estoy escribiendo y en la que algunos de los protagonistas son los mismos personajes del cuento, bueno, en realidad sólo aquellos que sobrevivieron a esa noche…
 ¡Guaneró!


HM: Eso convierte este cuento en una especie de prólogo o aperitivo de tu nuevo libro. En él pueden verse rasgos de La Virgen del Sol, pero también de tu segunda novela, El péndulo de Dios, mucho más cercana al thriller de misterio. Esto puede darnos una idea aproximada de lo que nos aguardará entre sus páginas. Si tuvieses que describir el argumento de este nuevo libro con una palabra, ¿cuál sería?

JD: Pasión. Sin duda esa es la palabra que me gustaría que definiera la novela que estoy escribiendo en estos momentos.
Pasión por los indígenas que poblaban América y que se encontraron con un pueblo que los arrasó. No es un llamado inflamatorio a hacer justicia, ni una revolución anti imperialista, ni soy de los que van con un lirio en la mano y haciendo el signo de la paz con la otra. En aquel momento histórico pasó lo que había de pasar, que el fuerte dominó al débil como ha pasado desde el inicio de la evolución, y como pasará hasta que sólo quede “el fuerte”. Pero sí siento que falta una parte por explicar. El vencedor escribió la historia y se permitió el lujo de hacerlo como quiso, de humillar y ridiculizar al vencido, lo habitual, pero siento que quinientos años más tarde deberíamos ver ese proceso con los ojos de la curiosidad, exentos de patrioterismos baratos, y pensar que aquella gente que fue arrasada por el conquistador también tenían cosas interesantes que explicar. Intento imaginarlas y darles vida.


HM: ¿Y qué palabra resumiría lo que su escritura significa para ti a nivel personal?
 
JD: Curiosidad.
No puedo dejar de imaginar qué piensa la gente que me rodea, qué hace cuando nadie los ve, qué pasó en el lugar donde vivo antes de que yo viniera, quién caminó por la misma calle que yo, cómo eran los tenderos que vivían en Babilonia, qué sentían los incas al llegar a la cima de una montaña, cómo se defendían de un huracán los indígenas del mar Caribe, quién construyó una silla antigua, porqué pusieron una columna diferente en el interior de una iglesia, cosas así que me brotan espontáneas en la cabeza y que inmediatamente generan pequeñas historias.
Creo que a esto lo llaman paranoia…, pero es lo que inspiró el thriller El péndulo de Dios.


HM: Una última pregunta, para mí, quizá, la más importante de todas. Los que te conocemos no podemos pasar por alto tu magnífico sentido del humor. ¿Qué haces para conservarlo intacto? Mucha gente querría conocer tu secreto, sobre todo en estos tiempos tan complicados.
 
JD: He de reconocer que tengo un sentido del humor un tanto retorcido. En realidad soy una persona bastante ácida con el entorno y extremadamente crítica con todo. Mis amigos me dicen que soy el eterno inconformista, y ante tanta inconformidad utilizo el humor como desengrasante. Soy de los que piensa, en cuanto hay dos o tres personas que están de acuerdo conmigo, que seguramente estoy equivocado y comienzo a mutar el ideal. Así que utilizo el humor como mecanismo de encaje cuando algo no funciona: que el jefe grita, humor, que perdemos al fútbol contra el eterno rival, humor, que ganamos la copa de Europa, humor, que conseguimos un pequeño triunfo, humor, que las cosas están más jodidas que nunca, humor, y ese saber reírse de todo, por supuesto empezando por uno mismo, crea un traje protector al estilo de Damart Termolactyl que te mantiene a salvo de la injerencia externa.


Me gustaría despedirme agradeciendo esta entrevista, y dando un pie de foto a la infinita osadía, herejía y pecado capital de poner mi cara en la famosa imagen de Audrey Hepburn, en palabras de la propia estrella: "Yo no tomo mi vida en serio, pero tomo lo que puedo hacer en mi vida en serio", ese es el truco.

 

 
 
 
 
 
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martes, 23 de abril de 2013

EL HOMBRE DE MIMBRE CONTINÚA SU CAMINO







María Valle Evseneva y Animagina nos invitan con
su portada a sumergirnos en las páginas de este
nuevo número. No será la última colaboración entre
ambos.
Y aquí estamos un numero más, con una sonrisa a lo Cheshire y el deseo irrefrenable, casi "buhonesco", de compartir con vosotros el contenido de esta cuarta entrega de nuestra revista. ¡Pasen y vean, no se arrepentirán! Como viene siendo costumbre hemos reunido un buen puñado de relatos; sueños, fantasías, terrores y remedios para cualquier mal moderno que beba de la monotonía y el aburrimiento. Algunos de nuestros magos son ya conocidos de anteriores entregas. Javier Puebla, escritor, soñador, aventurero e inventor de la sombra para sombreros y el safari de letras y ocurrencias, nos traerá dos de sus relatos. Jordi Díez, autor de "La virgen del sol" y "El péndulo de Dios", nos propone un viaje a las Américas como los de antes, en carabela y con la mentalidad de un hombre para quien las frondosas selvas del nuevo mundo están llenas de hechicerías y barbarie. Pedro de Paz nos invita a viajar en tren, dentro del mismo compartimiento que un caballero con acento inglés y una vida de lo más interesante. Por su parte, Pablo García Naranjo continúa labrándose un camino en las letras, dando forma a su interesantísimo universo personal de seres sórdidos y desquiciados.
     Pero la vieja guardia cuenta con refuerzos, y estos no podían ser más acertados. Vanessa Navarro Reverte, profesora de lengua inglesa y escritora, presenta un relato de inquietante atmosfera en torno a unas misteriosas manchas de sangre en mitad de la calle. Luzmarina Balmont, estudiante de psicología y apasionada de las letras, recibe la antorcha del Dr en criminología, Allan Fergusson, y abre su propio gabinete para estudiar y entrevistar a los criminales más célebres de la historia, "El Gabinete de Miss Locard"; su primer caso: Elizabeth Bathory. La actriz, Isabel Llanos (El corazón delator, Rec3...), colabora con dos relatos que nos hablan de terrores y fantasías muy cotidianas pero no por ello menos extraordinarias. Pedro Pujante llevará al ingenioso hidalgo, Don Quijote de la Mancha, al siglo XXII, y el genial Alfredo Álamo, autor de "Mañana será tierra" o "El necrófago galante y otros poemas de amor", abrirá para nosotros el hogar de una vieja celebridad del cine de terror.
     Lo siento, pero con semejante material me veo obligado a gritarlo una vez más: ¡Pasen y vean, no se arrepentirán!



 

lunes, 22 de abril de 2013

AQUELLA TARDE




A veces me pregunto qué fue de aquella tarde,
del verano reflejado en aquel estanque.
De nuestro paseo a la sombra de los plátanos,
y la luz de una sonrisa tan grande.


Sólo unas horas, sólo unas palabras,
tu gesto entreverado en el cabello,
tu mano recogida en la mía.
¡Dios mío!, ¿cómo olvidar aquello?


No puedo, no quiero.
Alargo mi mano hacia el pasado.
¡Si tan sólo pudiera tocarte!
Junto al estanque, bajo el plátano, en aquel verano finado.


Otras tardes siguieron a aquella,
hermosas y mágicas a su manera,
mas, aún hoy me pregunto,
¿qué fue de ella?






sábado, 20 de abril de 2013

EL POZU L'ENCANTU




Hay oculto en los robledales de Ayande un oscuro pozo,
ejemplo de ilustre agujero abandonado,
que todos, sin distinción alguna en el pueblo, han visitado,
y que cambió para siempre la vida del más afortunado mozo.
 
 
Pues no hay mayor gozo que una boda, pensaba el joven Cirpiano,
cuando hacia la suya se dirigía, cruzando bosques, saltando arroyos,
buscando, en fin, una flor para su amada entre grandes escollos,
hasta que, ya cansado, paróse a tomar resuello junto al hoyo arcano.
 
 
Buscó las aguas del fondo y al reborde se asomó con el gaznate reseco.
Se adentró y adentró y el trasero levantó,
alargando el cuello tanto, tanto, que, finalmente, la boda olvidó,
pues de su cabeza el recuerdo había caído donde beben la cuerva y el morueco.
 
 
Del desmemoriado nada más se supo, más allá de la infortunada boda,
mas del pozo, por contra, se contaron infinidad de quimeras,
pues allá habitaron por siempre la xana y su rebaño de oro.
 
 
Y en San Xuan las aguas alborota, saliendo al encuentro del eventual rapsoda,
alzando y alzando la cabeza, descollando jaranera,
siempre en pos del enamorado y su particular tesoro:
su memoria.
 
 
 
 
 
 

jueves, 18 de abril de 2013

BALCÓN SEGOVIANO




Sobre la baja España se alza un balcón,
amante de frías aguas, blasón del Guadarrama.
En su hueco entran mil sandalias, además de la romana,
mas  siempre queda espacio para asuntos del corazón.

 
Desde la plaza del Azoguejo a la mayor,
muy pasada la casa del de Alpuente,
tuve la vez de comprobar esta verdad sobre el amor,
y borré con nuevas memorias al adolescente.

 
Pues te encontré asomada a un balcón,
echado tu pelo negro a la tarde.
  En el balaustre, blancos dedos sin sortijón.
Tus ojos además quise ver, mas fui un cobarde.
 
 
Desde entonces ando entre comidas de río y judiones,
pisando la vieja piedra con el gesto feliz,
ya que por tu gracia, Señora, de Segovia no me quiero ir.
 
 

 
 

MEMORIA FLACA

 
 
 
Alfredo ordenó al cochero que detuviese los caballos y bajó del carruaje. Quería lanzar una última mirada a su pueblo antes de proseguir con el viaje que lo llevaría hasta la lejana ciudad, donde albergaba la esperanza de encontrar un editor para su extenso poemario. Los tejados rojizos, comandados por el campanario de la vieja iglesia, se apilaban a los pies del monte, insignificantes al lado de éste, pero insalvables  a los ojos del observador sensible. Cerca de allí, aunque en un punto más alto de la ladera, estaba su casa, unida al pueblo por un camino tan estrecho como enrevesado.
          Mientras miraba el que había sido su hogar desde niño, no hacía otra cosa que pensar en su anciana madre. La pobre mujer, temerosa de la soledad que seguiría a la marcha de su único hijo, había empeñado toda la noche anterior en intentar disuadirle de su ambicioso viaje. Cosiendo junto a la chimenea, que era como pasaba habitualmente las horas muertas, le enumeró de cabo a rabo y sin perder cuenta todos los peligros y posibles sinsabores que podría encontrarse en la ciudad, a lo que Alfredo, recordando siempre su profundo deseo de ser un autor reconocido, se limitó a restar importancia una y otra vez. Finalmente, comprendiendo cuál era la verdadera preocupación de su madre, se levantó, la cogió de ambas manos y le hizo la solemne promesa de hallarse de regreso antes de que diese las últimas puntadas al mantón de color rojo que había comenzado en otoño. Aquello la tranquilizó, lo que llenó de felicidad al joven artista.
     De un salto, Alfredo se introdujo en el carruaje y prosiguió con el trayecto.
     Lo primero que hizo al llegar a la ciudad fue hospedarse en la fonda más barata que encontró, donde pudo comer y descansar del viaje. A la mañana siguiente se aseó, y con sus poemas reunidos bajo el brazo salió alegremente en busca de alguna editorial que quisiera escucharle. No dio con ninguna, de modo que pagó otra noche al dueño de la fonda y aguardó hasta el día siguiente. Pero la historia se repitió, una vez, y otra, hasta que, pasadas varias semanas, Alfredo se vio sin dinero para continuar pagando su estancia. No queriendo rendirse aún buscó trabajo, consiguiendo uno muy humilde que le dio de comer mientras seguía probando fortuna. De este modo transcurrió un año sin que apenas se diese cuenta.
     Pensaba ya en abandonar todo propósito cuando, al entrar el nuevo año, un inesperado acontecimiento vino a reavivar su maltrecha esperanza. Corrían rumores sobre una reciente revista literaria que buscaba la fuerza de nuevos autores. La respuesta de Alfredo no se hizo esperar y al poco tiempo ya era colaborador asiduo de la publicación. Viendo por fin su sueño realizado quiso volver para compartir la nueva con su madre, pero sucedió que la hermosa hija del editor se había fijado en él desde un primer momento, y que pidió de forma encarecida a su padre conocerle personalmente. Del primer encuentro surgió la chispa y acabaron enamorados perdidamente el uno del otro. Por aquel entonces, Alfredo había reunido dinero más que suficiente para abandonar la fonda y establecerse en una residencia propia; de este modo, pensaba, podría vivir de forma permanente en la ciudad, junto a su amada. Creció tanto la relación que a finales de año hubo boda, y después de la boda un niño, y después del niño una niña, y luego una pareja de gemelos rubios como el trigo. Finalmente, una buena mañana, Alfredo recordó la promesa que hizo a su madre antes de partir, por lo que, sin perder tiempo, emprendió el viaje de regreso en compañía de su esposa y sus cuatro hijos. Pero cuando estaban a punto de concluir el viaje el cochero tuvo que detenerse, y Alfredo descendió del carromato con un nudo en la garganta. El paisaje había cambiado totalmente. Ya no había pueblo, ni camino, ni montaña siquiera; en su lugar, sólo se podía ver un enorme mantón rojo que lo cubría todo.

 

 

 



miércoles, 17 de abril de 2013

DOS DELITOS



 
 
 
 
 
 
 
 

CHOCOLATE





Mil sensaciones me trae verte posar en la silla,
plegar tus alas de mariposa y tomar con gracia la cucharilla,
hundirla hasta el rabillo en el fino mantecado
y verla volar luego al dulce olvidadero de éste, tu amado.

Mil sensaciones me trae ver reflejado el sabor en tu semblante;
seda en tus labios, caramelo en tu sonrisa radiante.
Y cuando al fin, en un lento suspiro, lo dejas caer dentro,
arrastras contigo todo lo mío, hasta mi último aliento.

Mil sensaciones me traes y mil sentimientos te llevas,
frente al viejo escaparate,
en la silla,
viéndote comer chocolate.
 
 
 
 

lunes, 15 de abril de 2013

LAS PLANICIES DE LA CEGUERA

 
 
 
Cuando aquel hombre erudito y de carácter empírico lo creyó todo dispuesto, dio inicio a lo que, pensaba, iba a ser su más célebre experimento. Los preparativos requirieron de un habitáculo sin ventanas, así como de una ausencia total de luz. Después, situándose él mismo en el centro del lugar, y desconociendo a propósito las distancias que le separaban de cada pared, echó a andar en una sola dirección, paso tras paso, hasta quedarse sin aliento y tener que parar de puro cansancio. El erudito pretendía demonstrar así la inversión proporcional entre nuestra capacidad de percibir el mundo y el tamaño de éste, algo que jamás nadie se atrevió a discutir tras su misteriosa desaparición en aquel habitáculo estrecho y oscuro.








LA VIDA EN UN BOSTEZO



 
 
 

domingo, 14 de abril de 2013

ARABS BINT EL-AMIROR




Ahmad desmontó en la ribera del Shatt-en Nil,
cauce olvidado donde halló a otros descansando.
Les dijo: «¡Bajad los pellejos! ¡No es agua lo que ando buscando!
Sin jugo dejé el desierto, sin comida ni ejército,
pues a muchos hombres asesiné con mi sueño,
haciendo que siguieran al ciego, al loco, al enamorado,
a aquel que nunca más será su propio dueño».


«Conozco ese brillo en la mirada, mi príncipe», dijo un anciano,
tan antiguo y sabio como el mismo suelo;
seco, dolido y encorvado,
sus cansados ojos tras un blanco velo.
«Yo soy Abad el viejo, rey de la desaparecida Karönt,
a la que abandoné por un sueño,
el mismo que habita en tu mirada,
el que nos amarga el ceño.»


«¿Sabes qué busco entonces?», preguntó Ahmad.
El anciano sonrió con tristeza,
alzó lentamente el dedo,
y dijo: «¿Qué otra cosa podría ser sino aquella altiveza?».
La visión le fue entonces  revelaba, pues allí tomaba cuerpo el deseo,
el seno que hollara a caballo en sus quimeras de luna,
todo cuanto le quedaba al despertar, su única fortuna.


Admiró la suave curva de los contornos, cuán bello era en su forma,
deseó mamar de él como un hijo y lamerlo como un amante,
tomarlo para siempre y no tomar nada más,
pues más grande tesoro no hay, ni tampoco más brillante.
En aquel momento supo que no podría vivir sin él;
sintió celos de todo aquel que lo miraba,
y creyó desfallecer bajo el peso de la terrible broma
que hacía de aquel sueño su nueva morada.


Abad el viejo rió: «Ven y siéntate con los demás».
Le hicieron sitio y formó parte de la espectral compañía.
«Aquí no sólo compartimos el pan, sino también los celos y la terrible agonía.
 Verás granjeros, comerciantes, reyes y príncipes como tú,
unidos por el mismo sueño, el que nos trajo a este lugar,
la visión del seno más hermoso, la suma de todo lo bello.
Dime, príncipe: ¿Serás tú distinto y te lo podrás llevar?»


Ahmad no contestó; se acomodó junto al río e hizo lo que el resto.
¿Pues qué otra cosa podían hacer sino sentarse y mirar?,
adorar en silencio aquello que no podían desposar,
y acaso, en los momentos de mayor desesperación, balbucear:
«Arabs Bint el-Amiror,
Alá te hizo montaña y me mató».





lunes, 8 de abril de 2013

FIN, PRINCIPIO Y EL PODER DE LA LETRA PEQUEÑA


 
 
 
 

Pocas sorpresas y paradojas hay más grandes que ver el comienzo  de las cosas cuando éstas amenazan con terminar. Uno vive sus días del mejor modo que sabe, siguiendo el modus operandi de los que nos precedieron, y el dictado de un corazón que, en verdad, y por más llamativos que sean sus ropajes, poco nuevo tiene que añadir a una trama ya desgastada por el uso. Nos creemos protagonistas absolutos, heroicos, justos..., el ombligo de una ensaimada horneada como debe ser, a la altura de nuestra complacencia (y limitaciones). Pisamos fuerte, con miedo pero sin buscar otro modo de hacerlo. ¿Acaso vale la pena cambiar? Sólo hay un YO y no eres TÚ. El escenario cumple su función, el atrezo siempre está a mano, nuestros pies recorren cómodamente una alfombra plagada de convencionalismos y el guión es un viejo conocido. Es nuestra vida y creemos saberlo todo sobre ella. Y, sin embargo, somos conscientes de que se nos escapa algo. A menudo, esta letra pequeña se deja entrever en las situaciones más dispares: hormigas que regresan del otro mundo; basiliscos verdes corriendo sobre el agua; noches blancas; auroras boreales; ranas que caen del cielo; sentimientos salidos de la nada para regresar poco después a ella..., renglones apócrifos que suelen pasarnos desapercibidos la mayoría de las veces, mientras estamos enfrascados en la lectura de nuestro gastado y predecible panfleto o siguiendo las pautas del apuntador. Están en el agua, en la hierba, en la tierra, en las palabras, se mueven en nuestros pensamientos, en la mirada de la persona que tienes delante, son el soplo de aire que te arranca el sombrero y voltea tu paraguas, la improvisación, el tarambana que aparece de repente para romper la armonía de la obra y arruinar o salvar nuestro estreno perpetuo de ochenta y tantos años. Son el médico que, saltándose inesperadamente los textos que hemos ensayado hasta la saciedad, se quita las gafas, da un paso hacia delante y te dice: «Tienes cáncer. Tu vida acaba de comenzar». Sí, Pocas sorpresas y paradojas hay más grandes que ver el comienzo  de las cosas cuando éstas amenazan con terminar.