martes, 23 de abril de 2013

EL HOMBRE DE MIMBRE CONTINÚA SU CAMINO







María Valle Evseneva y Animagina nos invitan con
su portada a sumergirnos en las páginas de este
nuevo número. No será la última colaboración entre
ambos.
Y aquí estamos un numero más, con una sonrisa a lo Cheshire y el deseo irrefrenable, casi "buhonesco", de compartir con vosotros el contenido de esta cuarta entrega de nuestra revista. ¡Pasen y vean, no se arrepentirán! Como viene siendo costumbre hemos reunido un buen puñado de relatos; sueños, fantasías, terrores y remedios para cualquier mal moderno que beba de la monotonía y el aburrimiento. Algunos de nuestros magos son ya conocidos de anteriores entregas. Javier Puebla, escritor, soñador, aventurero e inventor de la sombra para sombreros y el safari de letras y ocurrencias, nos traerá dos de sus relatos. Jordi Díez, autor de "La virgen del sol" y "El péndulo de Dios", nos propone un viaje a las Américas como los de antes, en carabela y con la mentalidad de un hombre para quien las frondosas selvas del nuevo mundo están llenas de hechicerías y barbarie. Pedro de Paz nos invita a viajar en tren, dentro del mismo compartimiento que un caballero con acento inglés y una vida de lo más interesante. Por su parte, Pablo García Naranjo continúa labrándose un camino en las letras, dando forma a su interesantísimo universo personal de seres sórdidos y desquiciados.
     Pero la vieja guardia cuenta con refuerzos, y estos no podían ser más acertados. Vanessa Navarro Reverte, profesora de lengua inglesa y escritora, presenta un relato de inquietante atmosfera en torno a unas misteriosas manchas de sangre en mitad de la calle. Luzmarina Balmont, estudiante de psicología y apasionada de las letras, recibe la antorcha del Dr en criminología, Allan Fergusson, y abre su propio gabinete para estudiar y entrevistar a los criminales más célebres de la historia, "El Gabinete de Miss Locard"; su primer caso: Elizabeth Bathory. La actriz, Isabel Llanos (El corazón delator, Rec3...), colabora con dos relatos que nos hablan de terrores y fantasías muy cotidianas pero no por ello menos extraordinarias. Pedro Pujante llevará al ingenioso hidalgo, Don Quijote de la Mancha, al siglo XXII, y el genial Alfredo Álamo, autor de "Mañana será tierra" o "El necrófago galante y otros poemas de amor", abrirá para nosotros el hogar de una vieja celebridad del cine de terror.
     Lo siento, pero con semejante material me veo obligado a gritarlo una vez más: ¡Pasen y vean, no se arrepentirán!



 

lunes, 22 de abril de 2013

AQUELLA TARDE




A veces me pregunto qué fue de aquella tarde,
del verano reflejado en aquel estanque.
De nuestro paseo a la sombra de los plátanos,
y la luz de una sonrisa tan grande.


Sólo unas horas, sólo unas palabras,
tu gesto entreverado en el cabello,
tu mano recogida en la mía.
¡Dios mío!, ¿cómo olvidar aquello?


No puedo, no quiero.
Alargo mi mano hacia el pasado.
¡Si tan sólo pudiera tocarte!
Junto al estanque, bajo el plátano, en aquel verano finado.


Otras tardes siguieron a aquella,
hermosas y mágicas a su manera,
mas, aún hoy me pregunto,
¿qué fue de ella?






sábado, 20 de abril de 2013

EL POZU L'ENCANTU




Hay oculto en los robledales de Ayande un oscuro pozo,
ejemplo de ilustre agujero abandonado,
que todos, sin distinción alguna en el pueblo, han visitado,
y que cambió para siempre la vida del más afortunado mozo.
 
 
Pues no hay mayor gozo que una boda, pensaba el joven Cirpiano,
cuando hacia la suya se dirigía, cruzando bosques, saltando arroyos,
buscando, en fin, una flor para su amada entre grandes escollos,
hasta que, ya cansado, paróse a tomar resuello junto al hoyo arcano.
 
 
Buscó las aguas del fondo y al reborde se asomó con el gaznate reseco.
Se adentró y adentró y el trasero levantó,
alargando el cuello tanto, tanto, que, finalmente, la boda olvidó,
pues de su cabeza el recuerdo había caído donde beben la cuerva y el morueco.
 
 
Del desmemoriado nada más se supo, más allá de la infortunada boda,
mas del pozo, por contra, se contaron infinidad de quimeras,
pues allá habitaron por siempre la xana y su rebaño de oro.
 
 
Y en San Xuan las aguas alborota, saliendo al encuentro del eventual rapsoda,
alzando y alzando la cabeza, descollando jaranera,
siempre en pos del enamorado y su particular tesoro:
su memoria.
 
 
 
 
 
 

jueves, 18 de abril de 2013

BALCÓN SEGOVIANO




Sobre la baja España se alza un balcón,
amante de frías aguas, blasón del Guadarrama.
En su hueco entran mil sandalias, además de la romana,
mas  siempre queda espacio para asuntos del corazón.

 
Desde la plaza del Azoguejo a la mayor,
muy pasada la casa del de Alpuente,
tuve la vez de comprobar esta verdad sobre el amor,
y borré con nuevas memorias al adolescente.

 
Pues te encontré asomada a un balcón,
echado tu pelo negro a la tarde.
  En el balaustre, blancos dedos sin sortijón.
Tus ojos además quise ver, mas fui un cobarde.
 
 
Desde entonces ando entre comidas de río y judiones,
pisando la vieja piedra con el gesto feliz,
ya que por tu gracia, Señora, de Segovia no me quiero ir.
 
 

 
 

MEMORIA FLACA

 
 
 
Alfredo ordenó al cochero que detuviese los caballos y bajó del carruaje. Quería lanzar una última mirada a su pueblo antes de proseguir con el viaje que lo llevaría hasta la lejana ciudad, donde albergaba la esperanza de encontrar un editor para su extenso poemario. Los tejados rojizos, comandados por el campanario de la vieja iglesia, se apilaban a los pies del monte, insignificantes al lado de éste, pero insalvables  a los ojos del observador sensible. Cerca de allí, aunque en un punto más alto de la ladera, estaba su casa, unida al pueblo por un camino tan estrecho como enrevesado.
          Mientras miraba el que había sido su hogar desde niño, no hacía otra cosa que pensar en su anciana madre. La pobre mujer, temerosa de la soledad que seguiría a la marcha de su único hijo, había empeñado toda la noche anterior en intentar disuadirle de su ambicioso viaje. Cosiendo junto a la chimenea, que era como pasaba habitualmente las horas muertas, le enumeró de cabo a rabo y sin perder cuenta todos los peligros y posibles sinsabores que podría encontrarse en la ciudad, a lo que Alfredo, recordando siempre su profundo deseo de ser un autor reconocido, se limitó a restar importancia una y otra vez. Finalmente, comprendiendo cuál era la verdadera preocupación de su madre, se levantó, la cogió de ambas manos y le hizo la solemne promesa de hallarse de regreso antes de que diese las últimas puntadas al mantón de color rojo que había comenzado en otoño. Aquello la tranquilizó, lo que llenó de felicidad al joven artista.
     De un salto, Alfredo se introdujo en el carruaje y prosiguió con el trayecto.
     Lo primero que hizo al llegar a la ciudad fue hospedarse en la fonda más barata que encontró, donde pudo comer y descansar del viaje. A la mañana siguiente se aseó, y con sus poemas reunidos bajo el brazo salió alegremente en busca de alguna editorial que quisiera escucharle. No dio con ninguna, de modo que pagó otra noche al dueño de la fonda y aguardó hasta el día siguiente. Pero la historia se repitió, una vez, y otra, hasta que, pasadas varias semanas, Alfredo se vio sin dinero para continuar pagando su estancia. No queriendo rendirse aún buscó trabajo, consiguiendo uno muy humilde que le dio de comer mientras seguía probando fortuna. De este modo transcurrió un año sin que apenas se diese cuenta.
     Pensaba ya en abandonar todo propósito cuando, al entrar el nuevo año, un inesperado acontecimiento vino a reavivar su maltrecha esperanza. Corrían rumores sobre una reciente revista literaria que buscaba la fuerza de nuevos autores. La respuesta de Alfredo no se hizo esperar y al poco tiempo ya era colaborador asiduo de la publicación. Viendo por fin su sueño realizado quiso volver para compartir la nueva con su madre, pero sucedió que la hermosa hija del editor se había fijado en él desde un primer momento, y que pidió de forma encarecida a su padre conocerle personalmente. Del primer encuentro surgió la chispa y acabaron enamorados perdidamente el uno del otro. Por aquel entonces, Alfredo había reunido dinero más que suficiente para abandonar la fonda y establecerse en una residencia propia; de este modo, pensaba, podría vivir de forma permanente en la ciudad, junto a su amada. Creció tanto la relación que a finales de año hubo boda, y después de la boda un niño, y después del niño una niña, y luego una pareja de gemelos rubios como el trigo. Finalmente, una buena mañana, Alfredo recordó la promesa que hizo a su madre antes de partir, por lo que, sin perder tiempo, emprendió el viaje de regreso en compañía de su esposa y sus cuatro hijos. Pero cuando estaban a punto de concluir el viaje el cochero tuvo que detenerse, y Alfredo descendió del carromato con un nudo en la garganta. El paisaje había cambiado totalmente. Ya no había pueblo, ni camino, ni montaña siquiera; en su lugar, sólo se podía ver un enorme mantón rojo que lo cubría todo.

 

 

 



miércoles, 17 de abril de 2013

DOS DELITOS



 
 
 
 
 
 
 
 

CHOCOLATE





Mil sensaciones me trae verte posar en la silla,
plegar tus alas de mariposa y tomar con gracia la cucharilla,
hundirla hasta el rabillo en el fino mantecado
y verla volar luego al dulce olvidadero de éste, tu amado.

Mil sensaciones me trae ver reflejado el sabor en tu semblante;
seda en tus labios, caramelo en tu sonrisa radiante.
Y cuando al fin, en un lento suspiro, lo dejas caer dentro,
arrastras contigo todo lo mío, hasta mi último aliento.

Mil sensaciones me traes y mil sentimientos te llevas,
frente al viejo escaparate,
en la silla,
viéndote comer chocolate.
 
 
 
 

lunes, 15 de abril de 2013

LAS PLANICIES DE LA CEGUERA

 
 
 
Cuando aquel hombre erudito y de carácter empírico lo creyó todo dispuesto, dio inicio a lo que, pensaba, iba a ser su más célebre experimento. Los preparativos requirieron de un habitáculo sin ventanas, así como de una ausencia total de luz. Después, situándose él mismo en el centro del lugar, y desconociendo a propósito las distancias que le separaban de cada pared, echó a andar en una sola dirección, paso tras paso, hasta quedarse sin aliento y tener que parar de puro cansancio. El erudito pretendía demonstrar así la inversión proporcional entre nuestra capacidad de percibir el mundo y el tamaño de éste, algo que jamás nadie se atrevió a discutir tras su misteriosa desaparición en aquel habitáculo estrecho y oscuro.








LA VIDA EN UN BOSTEZO



 
 
 

domingo, 14 de abril de 2013

ARABS BINT EL-AMIROR




Ahmad desmontó en la ribera del Shatt-en Nil,
cauce olvidado donde halló a otros descansando.
Les dijo: «¡Bajad los pellejos! ¡No es agua lo que ando buscando!
Sin jugo dejé el desierto, sin comida ni ejército,
pues a muchos hombres asesiné con mi sueño,
haciendo que siguieran al ciego, al loco, al enamorado,
a aquel que nunca más será su propio dueño».


«Conozco ese brillo en la mirada, mi príncipe», dijo un anciano,
tan antiguo y sabio como el mismo suelo;
seco, dolido y encorvado,
sus cansados ojos tras un blanco velo.
«Yo soy Abad el viejo, rey de la desaparecida Karönt,
a la que abandoné por un sueño,
el mismo que habita en tu mirada,
el que nos amarga el ceño.»


«¿Sabes qué busco entonces?», preguntó Ahmad.
El anciano sonrió con tristeza,
alzó lentamente el dedo,
y dijo: «¿Qué otra cosa podría ser sino aquella altiveza?».
La visión le fue entonces  revelaba, pues allí tomaba cuerpo el deseo,
el seno que hollara a caballo en sus quimeras de luna,
todo cuanto le quedaba al despertar, su única fortuna.


Admiró la suave curva de los contornos, cuán bello era en su forma,
deseó mamar de él como un hijo y lamerlo como un amante,
tomarlo para siempre y no tomar nada más,
pues más grande tesoro no hay, ni tampoco más brillante.
En aquel momento supo que no podría vivir sin él;
sintió celos de todo aquel que lo miraba,
y creyó desfallecer bajo el peso de la terrible broma
que hacía de aquel sueño su nueva morada.


Abad el viejo rió: «Ven y siéntate con los demás».
Le hicieron sitio y formó parte de la espectral compañía.
«Aquí no sólo compartimos el pan, sino también los celos y la terrible agonía.
 Verás granjeros, comerciantes, reyes y príncipes como tú,
unidos por el mismo sueño, el que nos trajo a este lugar,
la visión del seno más hermoso, la suma de todo lo bello.
Dime, príncipe: ¿Serás tú distinto y te lo podrás llevar?»


Ahmad no contestó; se acomodó junto al río e hizo lo que el resto.
¿Pues qué otra cosa podían hacer sino sentarse y mirar?,
adorar en silencio aquello que no podían desposar,
y acaso, en los momentos de mayor desesperación, balbucear:
«Arabs Bint el-Amiror,
Alá te hizo montaña y me mató».





lunes, 8 de abril de 2013

FIN, PRINCIPIO Y EL PODER DE LA LETRA PEQUEÑA


 
 
 
 

Pocas sorpresas y paradojas hay más grandes que ver el comienzo  de las cosas cuando éstas amenazan con terminar. Uno vive sus días del mejor modo que sabe, siguiendo el modus operandi de los que nos precedieron, y el dictado de un corazón que, en verdad, y por más llamativos que sean sus ropajes, poco nuevo tiene que añadir a una trama ya desgastada por el uso. Nos creemos protagonistas absolutos, heroicos, justos..., el ombligo de una ensaimada horneada como debe ser, a la altura de nuestra complacencia (y limitaciones). Pisamos fuerte, con miedo pero sin buscar otro modo de hacerlo. ¿Acaso vale la pena cambiar? Sólo hay un YO y no eres TÚ. El escenario cumple su función, el atrezo siempre está a mano, nuestros pies recorren cómodamente una alfombra plagada de convencionalismos y el guión es un viejo conocido. Es nuestra vida y creemos saberlo todo sobre ella. Y, sin embargo, somos conscientes de que se nos escapa algo. A menudo, esta letra pequeña se deja entrever en las situaciones más dispares: hormigas que regresan del otro mundo; basiliscos verdes corriendo sobre el agua; noches blancas; auroras boreales; ranas que caen del cielo; sentimientos salidos de la nada para regresar poco después a ella..., renglones apócrifos que suelen pasarnos desapercibidos la mayoría de las veces, mientras estamos enfrascados en la lectura de nuestro gastado y predecible panfleto o siguiendo las pautas del apuntador. Están en el agua, en la hierba, en la tierra, en las palabras, se mueven en nuestros pensamientos, en la mirada de la persona que tienes delante, son el soplo de aire que te arranca el sombrero y voltea tu paraguas, la improvisación, el tarambana que aparece de repente para romper la armonía de la obra y arruinar o salvar nuestro estreno perpetuo de ochenta y tantos años. Son el médico que, saltándose inesperadamente los textos que hemos ensayado hasta la saciedad, se quita las gafas, da un paso hacia delante y te dice: «Tienes cáncer. Tu vida acaba de comenzar». Sí, Pocas sorpresas y paradojas hay más grandes que ver el comienzo  de las cosas cuando éstas amenazan con terminar.