sábado, 11 de mayo de 2013

EN TIERRA TRANQUILA (Avance - Novela)




 
Y otro ángel salió del templo, gritando a gran voz al que estaba sentado sobre la nube: «¡Mete tu hoz y siega! Porque ha llegado la hora de segar, porque la mies de la tierra está madura».
  La tierra es segada (66:14:14 - 66:14:20)
    Apocalipsis de San Juan


Capítulo I: «Yo, el pequeño Andrew».

 
Mi padre suele decir que Corncob Hill, con menos de cien habitantes y una extensión total de diecinueve millas cuadradas, es un lugar demasiado pequeño para ser escenario de grandes acontecimientos, y creo que éste es el pensamiento más común entre sus vecinos. De poco sirven los esfuerzos del alcalde Sheffield durante sus discursos de año nuevo, refiriendo el pasado turbulento del estado de Vermont, la fortaleza francesa de Sainte-Anne, en la isla La Motte, el complicado equilibrio entre las tropas de Luis XIII y los jefes de la nación india, o la posterior guerra entre franceses e ingleses por el control de esta tierra, algunas de cuyas batallas tuvieron lugar muy cerca de aquí; sí, de poco sirven sus esfuerzos cuando la vida entre el Lago Champlain y las Green Mountains, situadas al este, transcurre plácidamente entre dorados bosques de hoja caduca, lagos solitarios y abundante jarabe de arce.
     Créanme, sé de lo que hablo, he nacido y crecido en la granja  Backus, la hacienda más pequeña del pequeño Corncob Hill, en el tranquilo Vermont; si alguien sabe lo que es sentirse pequeño y apartado del mundo, soy yo. La granja fue comprada por mis bisabuelos cuando aún eran jóvenes. Buscaban una nueva vida, más tranquila, alejada del Nueva York del ejército federal y las Draft Riots, y no podían haber encontrado un lugar mejor que éste. En un espacio menor a sesenta acres, la granja Backus ha generado suficiente maíz y tranquilidad para contentar a tres generaciones de mi familia, y ha sido el escenario perfecto para que en sus cabezas tomara forma el tipo de convicción que ronda ahora mismo por la mía, mientras observo mi figura en el espejo:  «Andrew, qué pequeño eres».
     Desde luego no es culpa del traje negro; el señor Applewhite sólo vende lo mejor en su sastrería, y mi padre estuvo presente el día que me tomaron las medidas. No, la camisa blanca y el bermellón de la corbata tampoco tienen la culpa. Soy yo; mis pobres huesos vermonteses, alimentados con sirope casero y tortas de maíz, tienen la culpa de todo. De algún modo, la hacienda, con su inconfundible olor a madera mojada, el ladrido de los perros y el asmático ronroneo de la New Holland de mi padre segando el maizal ha calado demasiado hondo en mí como para que el espejo lo pase por alto. Es muy tarde para ocultarlo: con apenas dieciocho años ya soy un producto de la granja Backus, como mi padre, y el suyo antes que él. Me pregunto si Elisabeth tampoco lo pasará por alto. ¡Claro que no! Ella ha vivido sólo los dos últimos años de su vida en Corncob Hill; aún conserva el carácter inquieto y observador de la gran manzana, de ese Greenwich Village atestado de teatros y galerías de arte que tantas veces menciona. El divorcio de sus padres la condenó a vivir con su madre en este paraje apartado, y a tener como amigo a un chico de hombros caídos que apesta a granja. Porque, admitámoslo, seguro que es esto lo que piensa de mí. Sí, debe odiar este lugar, y a mí por formar parte de él. Estoy convencido de que si tolera mi presencia es sólo por ser el mejor amigo de Michael. Hoy me dará dos besos y me sonreirá, puede que hasta haga algún comentario piadoso sobre lo bien que me sienta el traje y permanezca a mi lado un buen rato, pero lo hará por Michael. Si Michael no existiese ni siquiera se fijaría en mí. A veces me pregunto si me invitarán a su boda cuando se fuguen juntos de este pueblucho de mierda y formen una familia en Nueva York o en cualquier otro lugar, y si llegado el momento no estaré demasiado ocupado segando maíz como para poder asistir. ¿Me echarán de menos?
     Miro el reloj de pulsera. Dentro de dos horas dará comienzo la graduación de mi mejor amigo. El Thomas Chittenden colledge ya es historia para él, un pequeño capítulo en la vida de alguien que jamás echará raíces en este pueblo. Su próxima parada: la Universidad de Columbia, en Nueva York. He oído que no es un lugar donde admitan a cualquiera, eso dicen, pero Michael no es cualquiera. No, definitivamente no es cualquiera. Supongo que cuando se marche, las visitas de Elizabeth al apartamento de su padre en Greenwich Village se harán más frecuentes, y mi aislamiento en  Corncob Hill mucho más evidente. Pero es algo que siempre he sabido. Mis raíces son grandes, arraigadas en lo más profundo de la granja, y ellos... bueno, ellos pueden volar.
     Fuera suena el claxon del coche. Mi padre ya está preparado: una de sus camisas de franela y la chaqueta de piel le bastan. Reviso el nudo windsor de la corbata, tal y como él mismo me enseñó a hacerlo, alzo los hombros y vuelvo a observarme en el espejo, esperanzado en ver a otra persona, buscando un ángulo diferente. Inexorablemente, la fatal convicción vuelve a alzar su voz: «Andrew, qué pequeño eres».
 
 
 

 

martes, 7 de mayo de 2013

PAREIDOLIA





Sucedió el pasado verano. ¿Recuerdas aquellos días en la costa? Sí, en aquel caserón tan tranquilo. Era nuestro treinta aniversario y lo celebramos a lo grande, con ostras, varias botellas de Château Margaux y el aire más limpio que había respirado en años. Por las tardes solíamos bajar a la bahía, hundir los pies en la arena y abandonarnos a la visión calma y azulada del mar. Aquella tarde estabas igual de hermosa que siempre. Como tantas veces, me permití entornar disimuladamente la mirada y detenerla en las curvas de tu cuerpo, enfundado en uno de esos vestidos color miel que tan bien te sentaban; en la delicada rectitud de tu cuello, frágil pero de una altivez intimidante; disfruté de tus acostumbrados silencios, siempre llenos de argumentos irrebatibles, y de cien detalles más que nunca dejaron de maravillarme. Treinta años llevaba observándolos, sin que el efecto que su visión tenía sobre mí mermase lo más mínimo. ¡Treinta años! Mi corazón se estremece al pensarlo.
     El sol descendía ya hacia el horizonte y sus rayos comenzaron a lacerar la atmósfera, llenándola de tonos rojizos. Sonreí. Tanto tiempo observándote y era la primera vez que lo hacía bajo aquel prisma crepuscular. Entonces algo sucedió: quizá fue la luz, o tu posición, o mi perspectiva. Cambié de postura, esperanzado, sin conseguir nada. Probé a frotarme los ojos. ¡Era inútil! De repente las líneas de tu cuerpo se me aparecían distintas; duras, cortantes, impropias de la mujer con la que había dormido tantos años. La cintura era demasiado estrecha, antinatural, el resultado de dos hendiduras con forma de media luna, que daban a tu silueta la forma de un "8". Quise levantarme y pedirte que volviésemos a casa, creyendo, idiota, que de ese modo podría evitar cuanto sucedía. Por un instante, la bocina de un mercante, a lo lejos, me devolvió algo de mundana tranquilidad. Sí, todo podía deberse a un efecto de la luz. No podía ser de otro modo. Volví a ladear la cabeza en tu dirección, con miedo. Allí seguías, tan hermosa como siempre y al mismo tiempo... tan distinta. Tu cuello era ahora mucho más delgado, inhumanamente delgado, y se alzaba sobre mí como un mástil imposible. Quise mirarte a los ojos, pero ya no pude; donde había estado tu cabeza encontré una protuberancia acaracolada, una suerte de clavijero con cuatro palometas negras, dos a cada lado, y cuatro cuerdas tensadas que te recorrían el cuerpo hasta los pies. ¿Pies? ¿Podía ser llamado así aquella espiga metálica clavada en la arena? Me levanté horrorizado y logré farfullar una pregunta: «Cariño, ¿eres tú?». Eso fue todo. Respondiste con tu habitual silencio cargado de argumentos irrebatibles, ese que habías usado conmigo durante treinta largos años. ¿Cómo pude estar tan ciego? Te cogí en brazos y abandoné la bahía. Había llegado a ella con la mujer de mi vida, y la dejaba con un violonchelo.
     Aún te quiero.

jueves, 2 de mayo de 2013

JORDI DÍEZ: El EXPLORADOR SONRIENTE.





Jordi Díez, genio y figura hasta la sepultura.
Jordi Díez, autor de La virgen del sol y El péndulo de Dios, nos habla de su relación con Latinoamérica y de su primera aventura como escritor. Conoceremos un poco mejor los pilares artísticos y personales que han dado forma a la atractiva personalidad de este tarrasense de padre catalán y madre andaluza. Por último, nos adelantará algo de su próximo trabajo, una novela especialmente ambiciosa en la que regresa a las brumas del continente americano, y ahonda en esa verdad que permanece oculta bajo la historia escrita. ¿Quieren descubrir América? Viajen con Jordi Díez. No se arrepentirán.


 
HM: Jordi, tengo entendido que tu primera experiencia con las letras no fue totalmente satisfactoria, al menos no todo lo satisfactoria que espera un niño de cuatro años.
 
JD: ¿Cómo has sabido esto?, ¡me has sacado una gran sonrisa con esta pregunta!
En efecto, mis padres, siendo yo muy niño, me apuntaron a una guardería en la que “obligaban” a todos los niños a aprender a leer y escribir con la temprana edad de tres o cuatro años. Yo tuve la inmensa fortuna de ser uno de esos niños, por lo que todos los recuerdos de mi vida van vinculados a la lectura. El problema es que ya desde niño nunca acepté demasiado bien la jerarquía y aquel centro educativo era de la vieja escuela, jajaja, por lo que pasé más horas castigado que en las aulas, algo que se ha repetido de manera continua durante toda mi formación.
Sin embargo es algo que agradezco muchísimo, porque mientras los otros niños aprendían a pegar gomets de colores o a pintar sin salirse de las líneas de un círculo, yo leía los cuentos que me compraban mis abuelos con la puntualidad de un reloj.


HM: ¿Recuerdas con cuál de aquellos libros comenzaste a disfrutar como lector?
 
JD: Las primeras lecturas que recuerdo son de muy niño, libros de cuentos ilustrados que leía a la luz de una lámpara de flexo que mi padre compró de segunda mano. Recuerdo todavía uno en especial, cuarenta años después, “Pere sense por” (Pedro sin miedo), en el que un niño que jamás tenía miedo se adentraba en castillos, casas abandonadas y bosques encantados, y que se enfrentaba en una de las ilustraciones a la sombra de un gran lobo que me atemorizó por años.
Siguieron los TBO de la época, cuentos de Disney, Tintin, y las primeras lecturas ilustradas de Julio Verne, Los Cinco, Phantomete, Peter Pan. Fueron años de grandes descubrimientos.
Por aquel entonces, no tendría yo más de cinco o seis años, abrieron el primer Hipermercado de la zona al que mis padres, como el resto de la clase trabajadora, acudían los sábados para renovar las despensas familiares. Solían dejarme en la sección de libros por un par de horas, mientras ellos recorrían los pasillos del centro comercial armados con un carro de compras y una lista. Recuerdo cómo rogaba porque se retrasaran todo lo posible y me dejaran más tiempo a solas, en mi propio mundo, con aquellos libros. También acuden a mi memoria las horas perdidas que pasé en las salas de espera de dentistas, pediatras, oftalmólogos y cualquier otro especialista al que suele acudir un niño, siempre parapetado tras un buen libro.
Mis abuelos contribuyeron de forma muy activa en esta pasión por las letras, ya que sus regalos consistían en tebeos o libros ilustrados que devoraba con fruición. Años después comprendí el motivo por el que adoraban a mi abuelo en la librería del barrio: ¡era el mejor cliente!


HM: La Virgen del Sol es tu primera novela publicada, y ha tenido una gran cogida tanto en España como en buena parte de Latinoamérica. ¿Cómo viviste este importante paso en tu carrera? ¿Podrías enumerar algunos de los demonios personales que, estoy convencido, lograste exorcizar con este primer y merecido éxito?
 
JD: La Virgen del Sol fue en efecto mi primera novela acabada y publicada, y sin duda la más íntima que jamás escribiré, o eso creo en estos momentos. Su acogida me sorprendió porque Ediciones B realizó tres ediciones consecutivas en las que se vendieron más de cuarenta mil ejemplares. Algo impensable para un autor novel que debutaba con una novela histórica sobre un tema del que apenas se ha escrito casi nada, y sin promoción alguna.
Lo que comenzó con la idea peregrina de un diario de viaje, del primero que hice a Perú, comenzó a tomar la forma de un relato que creció hasta convertirse en novela.
Ese fue un momento crucial en mi vida, ya que en los meses previos a la escritura de la novela viví lo que ha sido, hasta ahora, mi peor momento vital. Sumido en ese laberinto encontré una salida acercándome a prácticas de yoga y meditación. Conocí entonces a un grupo de gente variopinta de la que comprendí que se podía vivir la vida de tantas maneras como personas somos, sin que un único camino fuera el que conducía a la felicidad, como siempre había creído, así que comencé a viajar y a escribir por primera vez en serio sobre temas con más carga de profundidad de los que había tratado hasta entonces. En las páginas de La virgen del Sol están enterrados muchos de los cadáveres que había guardado en mi armario, y que aireé en forma de personajes para que me dejaran dormir de nuevo.
También están plasmados algunos de los descubrimientos que hice en mis meditaciones e interiorizaciones, una práctica que adopté desde entonces y que me ayudó a calmar la hiperactividad de mi mente y a conocerme como adulto.
Pero La virgen del Sol no es sólo fruto del fango de mi vida, es sobre todo una novela tan cuidada y documentada como mi capacidad intelectual me permitió desarrollar. Fruto de cuatro viajes, dos de ellos en solitario, en los que conviví con chamanes indígenas, realicé sus ritos, viajé a sus lugares sagrados, y viví algunas de las mayores experiencias místicas de mi vida, pero también fruto de la documentación obtenida en los museos del Cusco y Lima, y otros más pequeños de provincias, tras escritos, restos, momias, y todo lo que pudiera aportar un mayor conocimiento sobre el terreno del mayor imperio que jamás tuviera América.


HM: Sudamérica tiene reservado un lugar muy especial en tu corazón. Tu mujer y tus tres hijos son latinoamericanos y además trabajas en una importante empresa turística que opera en República Dominicana, sin embargo, leyendo tu relato "Guaneró" (El Hombre De Mimbre N4), uno no puede evitar preguntarse si dentro de Jordi Díez aún queda algo de aquel antiguo explorador español que veía el continente americano desde cierta distancia, casi como si estuviese ante un jardín misterioso perteneciente a otro mundo. ¿Qué hay de cierto en esta apreciación?

JD: Os voy a contar una pequeña anécdota sobre Latinoamérica. Mi primer viaje fue a Perú, y cuando llegué al aeropuerto internacional de Lima sentí que volvía a casa. Ese sentimiento lo sigo teniendo hoy en día. Para los catalanes, que muchas veces nos creemos el ombligo del mundo, o para los españoles que creen que por haber nacido en un país con un pasado centenario, de luces y sombras con trazas de imperio, poseen todos los derechos del mundo, Latinoamérica debería ser una visita obligada. La vida en Latinoamérica, o en gran parte de ella, es tan sencilla como que el que tiene mucho vive como un maharajá, el que tiene sobrevive, el que tiene poco malvive, y el que no tiene, se muere a las primeras de cambio. Aquí los derechos sociales como la sanidad, la educación, etc., se pasan por el forro. Por supuesto es una generalización injusta como todas, pero en muchos lugares del continente es así.
Esta vida un tanto anárquica, no exenta de riesgo, pero en la que cada uno se marca un poco el camino a seguir sin que haya un papá estado que indique hasta las horas de cariño a dedicar a las mascotas, me fascina y me hace sentir vivo. Por supuesto deploro la diferencia social y la pobreza que inunda muchos de sus millones de kilómetros cuadrados y es evidente que deberían aprender a mejorar en eso, pero ese sentimiento de vivir el día a día con intensidad porque nadie sabe qué va a pasar mañana, fue una gran lección para mí.
Qué mi mujer y mis hijos fueran latinoamericanos, además de países diferentes, sólo fue una casualidad de la vida de la que me alegro cada día más.
El relato “Guaneró”, aparecido en El hombre de Mimbre N4, es fruto de la nueva novela que estoy escribiendo y en la que algunos de los protagonistas son los mismos personajes del cuento, bueno, en realidad sólo aquellos que sobrevivieron a esa noche…
 ¡Guaneró!


HM: Eso convierte este cuento en una especie de prólogo o aperitivo de tu nuevo libro. En él pueden verse rasgos de La Virgen del Sol, pero también de tu segunda novela, El péndulo de Dios, mucho más cercana al thriller de misterio. Esto puede darnos una idea aproximada de lo que nos aguardará entre sus páginas. Si tuvieses que describir el argumento de este nuevo libro con una palabra, ¿cuál sería?

JD: Pasión. Sin duda esa es la palabra que me gustaría que definiera la novela que estoy escribiendo en estos momentos.
Pasión por los indígenas que poblaban América y que se encontraron con un pueblo que los arrasó. No es un llamado inflamatorio a hacer justicia, ni una revolución anti imperialista, ni soy de los que van con un lirio en la mano y haciendo el signo de la paz con la otra. En aquel momento histórico pasó lo que había de pasar, que el fuerte dominó al débil como ha pasado desde el inicio de la evolución, y como pasará hasta que sólo quede “el fuerte”. Pero sí siento que falta una parte por explicar. El vencedor escribió la historia y se permitió el lujo de hacerlo como quiso, de humillar y ridiculizar al vencido, lo habitual, pero siento que quinientos años más tarde deberíamos ver ese proceso con los ojos de la curiosidad, exentos de patrioterismos baratos, y pensar que aquella gente que fue arrasada por el conquistador también tenían cosas interesantes que explicar. Intento imaginarlas y darles vida.


HM: ¿Y qué palabra resumiría lo que su escritura significa para ti a nivel personal?
 
JD: Curiosidad.
No puedo dejar de imaginar qué piensa la gente que me rodea, qué hace cuando nadie los ve, qué pasó en el lugar donde vivo antes de que yo viniera, quién caminó por la misma calle que yo, cómo eran los tenderos que vivían en Babilonia, qué sentían los incas al llegar a la cima de una montaña, cómo se defendían de un huracán los indígenas del mar Caribe, quién construyó una silla antigua, porqué pusieron una columna diferente en el interior de una iglesia, cosas así que me brotan espontáneas en la cabeza y que inmediatamente generan pequeñas historias.
Creo que a esto lo llaman paranoia…, pero es lo que inspiró el thriller El péndulo de Dios.


HM: Una última pregunta, para mí, quizá, la más importante de todas. Los que te conocemos no podemos pasar por alto tu magnífico sentido del humor. ¿Qué haces para conservarlo intacto? Mucha gente querría conocer tu secreto, sobre todo en estos tiempos tan complicados.
 
JD: He de reconocer que tengo un sentido del humor un tanto retorcido. En realidad soy una persona bastante ácida con el entorno y extremadamente crítica con todo. Mis amigos me dicen que soy el eterno inconformista, y ante tanta inconformidad utilizo el humor como desengrasante. Soy de los que piensa, en cuanto hay dos o tres personas que están de acuerdo conmigo, que seguramente estoy equivocado y comienzo a mutar el ideal. Así que utilizo el humor como mecanismo de encaje cuando algo no funciona: que el jefe grita, humor, que perdemos al fútbol contra el eterno rival, humor, que ganamos la copa de Europa, humor, que conseguimos un pequeño triunfo, humor, que las cosas están más jodidas que nunca, humor, y ese saber reírse de todo, por supuesto empezando por uno mismo, crea un traje protector al estilo de Damart Termolactyl que te mantiene a salvo de la injerencia externa.


Me gustaría despedirme agradeciendo esta entrevista, y dando un pie de foto a la infinita osadía, herejía y pecado capital de poner mi cara en la famosa imagen de Audrey Hepburn, en palabras de la propia estrella: "Yo no tomo mi vida en serio, pero tomo lo que puedo hacer en mi vida en serio", ese es el truco.

 

 
 
 
 
 
Booktrailers: