martes, 31 de diciembre de 2013

MONSTRUM I: Aquel pobre chico gordo y sus latas de cerveza






Los orígenes etimológicos de la palabra Monstruo nos hablan de señalar, mostrar..., pero también nos remiten al vocablo moneo, que significa avisar, advertir... Su extraordinaria naturaleza, casi siempre representada por una fealdad exterior o interior que sobrepasa en mucho nuestro entendimiento, raramente se deja ver sin un grave motivo. A menudo se los simplifica, retratándolos como una amenaza inminente que debe ser neutralizada, o como una fuente de horror indecible para aquellos que testifican sus andanzas, y que es combatida de inmediato por el Perseo de turno, siempre preparado para silenciar aquello que nos incomoda o que no queremos comprender. Sin embargo, son bastante más que eso. Hace mucho que decidí no combatirlos y limitarme a leer su mensaje, la advertencia inscrita en su frente. Me paro a pensar: "Muy bien, muéstrame...", y el monstruo me muestra.
     Precisamente es uno de ellos el que me lleva a escribir esto ahora mismo, y lo hace porque el peso de su enseñanza ha sido importantísimo en mi vida personal y profesional. Denominaremos a este más que notable ejemplar con las siglas A.S (sí, parecido a "culo" en inglés). Lo conocí hace bastantes años. Por aquel entonces se trataba de una criatura risueña, entrada en carnes, algo torpe pero voluntariosa, el tipo de criatura que no querrías dañar jamás. Pese a sobrepasar mi edad en casi diez años vestía de un modo juvenil, lo cual me produjo una agradable sensación de cercanía. Todo en él, el modo en que se conducía, sus temas de conversación, que saltaban del cómic número tal al cómic número cual, las expresiones que utilizaba, los argumentos encantadoramente inocentes, y su disposición para abordar cualquier empresa, por complicada y poco rentable que fuese, le bastaron para ganarse mi simpatía y, poco después, mi amistad. Pero pasaré a contar los motivos que propiciaron nuestro encuentro: yo llevaba varios meses buscando dibujantes para un proyecto cinematográfico que ocupaba mi tiempo por aquel entonces. El film, de dibujos animados, requería de pinceles para la galería de personajes y posteriormente para el story de uno de sus pasajes. A.S se mostró encantado de colaborar en el proyecto. Durante todo un verano, quedamos cada semana para ir dando forma sobre el papel a las ideas que le iba comentando. Gradualmente nuestras citas se fueron volviendo más un gesto amistoso que una rutina de trabajo, y una vez quedó listo el libro de producción continuamos viéndonos con asidua religiosidad. Nos atiborrábamos de cerveza, picábamos toda clase de "porquerías" y hablábamos de nuestras inquietudes. Yo, que por aquel entonces ya escribía, no podía sino congeniar con sus inagotables historias sobre traiciones e injusticias editoriales que, aseguraba, había sufrido durante años en su afán por publicar tanto sus textos como sus dibujos. ¿Era posible que una persona tuviese tantos enemigos? Es más: ¿era posible que tantos enemigos urdieran planes para hundir a un desconocido, poseedor, además, de un carácter aparentemente tan pacífico como el suyo? ¿Era posible? No lo sé, pero pese a verlo improbable, le creí. No tenía motivos para no creer sus historias, aunque estas hablasen de individuos que le habían acusado de actos matonescos en mitad de la calle —¿aquella criatura con aspecto de mesonero afable? No podía ser—; deudas millonarias de jefes que habían explotado sus habilidades como dibujante y se negaban a pagarle; desprecios constantes de vecinos y amigos cercanos —"Pero qué asco de gente, tratar así a mi amigo", pensaba yo—, y un largo etc, que dejaba las desgracias de Jean Valjean a la altura de una sitcom de Disney.
     Los años transcurrieron, sin ninguna novedad significativa. Nos reuníamos, soltábamos algunas ocurrencias, comentábamos alguna película, algún comic, algún libro, y, como de costumbre, aprovechaba como tantas veces para hablarme de nuevas injusticias. La lista de malhechores fue creciendo, rozando ya lo extravagante, pero yo continuaba creyéndole: ¡mundo injusto que se ceba con los más débiles! Entonces, un buen día, empecé a percibir pequeños cambios. Al principio eran rarezas casi invisibles en una superficie que creía conocer ya a la perfección, pero que poco a poco se fueron haciendo más evidentes. Su mirada se volvió turbia, su gesto se oscureció, sus críticas hacia el mundo editorial o hacia otras personas que ya habían publicado ganaron en virulencia. Cuando le preguntaba qué era lo que le sucedía, tomaba los mismos argumentos de siempre y luchaba por reciclarlos, en un esfuerzo por vendérmelos como algo nuevo. No lo conseguía: "Se han puesto en mi contra", repetía por centésima vez, "No me dejarán publicar. ¡Mírales, qué felices, en sus reuniones, en sus comidas, hablando de sus libros, con un nuevo manuscrito a punto de ser publicado! ¿Por qué ellos sí y yo no? Mis textos son mejores que los suyos, bla, bla, bla...", y así, de continuo. Lejos de remitir con el tiempo, su obsesión fue ganando en agresividad. La frustración de no ser publicado terminó aflorando de múltiples maneras, algunas de ellas extremadamente preocupantes. Ahora mismo vienen a mi memoria algunos episodios que tuve la desgracia de vivir: el de aquella pobre chica que cruzaba un paso de cebra en dirección contraria y tuvo la desgracia de toparse con  A.S y su bolsa cargada de latas de cerveza. Oí el golpe, oí el grito de la chica y vi al monstruo acelerando el paso, escabulléndose, haciendo como que no había pasado nada, tal vez por el temor de una posible represalia. Recuerdo la mañana en que la policía secreta sustrajo de su chaqueta una pistola de aire comprimido —una de esas réplicas perfectas con las que, descubrí, el monstruo gustaba de practicar el tiro al blanco en la azotea de su casa, y se protegía de los "negros y maleantes" que, aseguraba, poblaban su barrio—; habíamos paseado juntos toda la mañana, yo ajeno al contenido de sus bolsillos, él pisando como un cowboy de baratillo, ridículo pero potencialmente peligroso, como sucede siempre que un imbécil se hace con un arma, aunque sea de imitación. En una ocasión se lanzó contra una chica en mitad de la calle, la arrinconó y la amenazó. Agarré al monstruo con todas mis fuerzas y la chica, aterrorizada, consiguió escapar. "A.S, ¿por qué has asustado a esa pobre chica? Ella no te ha hecho nada", le dije indignado por su comportamiento. "¿Que no ha hecho nada?", me respondió, todavía bajo los efectos de su estallido de furia, "¿Entonces por qué corre?". Reconozco que su respuesta me hizo gracia, pero no me permití reflejarlo; ante mí tenía la triste estampa de un adulto que trataba de justificar lo injustificable, un barco sin timón que amenazaba con comerse el rompeolas por puro convencimiento, ¡y lo consideraba mi amigo! "Lo que haces está mal", continué. "Rafa, si está mal, ¿por qué hace que me sienta bien?", fue su respuesta, tan estúpida y desequilibrada como la anterior, igual de inquietante.
     ¿Qué podía hacer? Pese a su comportamiento, siempre había sido correcto conmigo, incluso generoso. Decidí mirar hacia otra parte y seguir siendo su amigo, sin olvidar, claro está, que me encontraba al lado de una persona muy inestable y con graves problemas de autoestima. No volví a hablarle sobre el asunto, me limité a observar, y a intentar que sus explosiones matonescas no llegaran mucho más lejos. De repente, un día que habíamos decidido comer fuera, sacó un sobre de su chaqueta y me lo puso ante la cara. Recuerdo que sus ojos cayeron sobre mí a plomo, y que apretaba los dientes, en un gesto que de tratarse de palabras habrían sido: "¡Mira! ¡Y ahora qué!". "¿Ahora qué? ¿Qué quieres decir?", debieron decir los míos mientras agarraba el sobre y lo abría. Se trataba de una respuesta de la U.P.C (Universidad Politécnica de Cataluña); le iban a publicar un relato en uno de sus volúmenes. Un alivio tremendo se asentó en mi interior; A.S había conseguido por fin aquello que más deseaba en la vida, ser publicado en papel, y esto repercutiría positivamente en su estado de ánimo. Sin embargo, su expresión no cambió, y mantuvo aquel gesto de revancha, casi de desprecio hacia mí, durante toda la tarde. No le di mayor importancia. Poco imaginaba en aquel momento que las enseñanzas del monstruo estaban a punto de empezar.
 
 
(Continuará...)
 
 

lunes, 2 de diciembre de 2013

BUENO, BONITO... ¡MALDITO!





Trece historias, trece puertas que le llevarán a lugares donde únicamente alguien como usted, ducho en toda clase de escenarios terroríficos, querría estar. BUENO, BONITO...¡MALDITO!, es el último volumen que La Pastilla Roja Ediciones dedica al noble género del cuento de terror. Esperemos que cunda el ejemplo.


Los relatos que componen el volumen son:

1 - La Llave de Jacob Gibbons - Pablo García.
2 - Kaviars Skaits 3 - Iván Mourín
3 - Aisling - Ana Morán.
4 - El sabor de la locura - Álvaro Peiró.
5 - La mudanza - Marta Junquera.
6 - El reflejo del alma - Lucía Pérez.
7 - El hechizo del estío - Beatriz Troitiño.
8 - Hornet - Luis Guallar.
9 - El informe - Raúl Ansola.
10 - La butaca del infierno - Daniel Meralho.
11 - El silbato de Irah - Néstor Allende.
12 - La promesa - David Rozas.
13 - Reliquias - Ana Martínez.