sábado, 29 de marzo de 2014

¡CULPABLE!





 
 
 
 
 
 —Es usted culpable.
 
—¿De qué se me acusa, Señoría?
 
—De escribir.
 
—¿Algo más?
 
—De ser feliz.
 
—¿Algo más?
 
—De tener amigos.
 
—¿Algo más?
 
—¡De tener proyectos, puñetas!
 
—¿Algo más?
 
—De estar vivo.
 
—¿Algo más, Señoría?
 
—¡Sí! ¡De ser mejor que yo! ¡Llévenselo!
 

  



viernes, 28 de marzo de 2014

LAS CABEZAS DE SAMOVAR (avance del volumen de relatos, "Vernacci")




Estanque con nenúfares, de Claude Monet




"...lo que conservamos es el recuerdo de un presente cíclico, condenado a morir y reiniciarse hasta el infinito, y esto, esto es de una importancia vital para otras vías de investigación. Piénsenlo; el viaje en el tiempo es una utopía, pero no así la incursión dentro de ese espectro teórico lleno de momentos que creemos haber vivido en el pasado y que pertenecen en verdad a un presente distinto. Imaginen por un momento que gracias a un pico bioeléctrico de energía (sí, el carbón que mueve la maquinaria de nuestros sueños o de nuestra imaginación), pudiese localizar cualquier instante que recuerden y enclavarlo dentro de sus presentes. Imaginen vivirlo eternamente, sin albergar sensación alguna de eternidad. Viviéndolo siempre como si fuese la primera vez"


Doctor Elwind Vernacci De Bruyn (Viajeros del Picoteórico)




 

Samovar es un lugar húmedo. Muy posiblemente, demasiado húmedo. El agua puede percibirse en el aire, en el cielo plagado de nubes negras y, sobre todo, en el suelo. Nada más llegar los pies de Vernacci se hundieron en el frío elemento; así, sin más. Por unos minutos, el buen profesor permaneció quieto, clavado como una estaca al viento, con las mejillas rojas de pura rabia, lamentando la suerte de sus zapatos Alden, y la de sus pantalones de algodón, sumergidos hasta la rodilla; experimentando lo que cualquier otro caballero en su situación: un deseo acuciante de gritar, maldecir, chapotear, de encontrar algún lugareño al que tirar de la solapa y reprochar su pertenencia a semejante charco. Luego, poco a poco, fue recuperando la compostura y pudo permitirse un examen más reposado del entorno al que había ido a parar.
     El agua se extendía ininterrumpidamente en todas las direcciones, libre de bosques y formaciones rocosas, como un fantástico espejo de color parduzco, en el que quedaba reflejado el constante ir y venir de las nubes, dicho sea de paso, a una velocidad extrañamente superior a la acostumbrada. Puntualmente, asomaban grupos de  algún tipo de espadaña con el tallo muy largo, combado por el peso de mazorcas que recordaban en forma y dimensiones a los faroles que pueden verse colgando en las estaciones de ferrocarril. También había peces surcando la superficie, demasiado pequeños y esquivos para precisar su forma, y densas nubes de mosquitos blancos girando sobre las aguas. Estos últimos eran muy voraces y no tardaron en revolotear alrededor del profesor. Aquello fue la gota que colmó el vaso; sofocado, Vernacci se quitó la chaqueta, la colocó cuidadosamente sobre el lomo del viejo maletín de medicina que llevaba en la mano, y se puso en marcha. No sabía hacia dónde se dirigía, pero cualquier cosa era mejor que permanecer quieto bajo aquel enjambre de criaturas sanguinarias. Caminó sin parar, deseoso de dejar el agua atrás, sin embargo, la inmutabilidad del paisaje terminó haciendo mella en su ánimo; ¿qué sentido tenía dirigirse hacia ninguna parte? Se detuvo, sacó un pañuelo del bolsillo y secó el sudor de su frente. Miró a un lado y a otro, sin ver nada que le indicase cambio alguno, sólo agua y más agua. Luego, los mosquitos le obligaron nuevamente a reemprender la marcha. Optó por silbar. Su colega y buen amigo de la universidad Friedrich-Wilhelm de Berlín, el profesor Baumeister, le había hablado en más de una ocasión de los efectos beneficiosos que tuvo para él refugiarse en las alegres notas de un wiegenlieder de su aldea natal, mientras investigaba la influencia devastadora de la gripe española en un grupo de ancianos bávaros. Silbar mantuvo su ánimo intacto durante el proceso, y sólo así consiguió completar la investigación sin ver su ánimo excesivamente comprometido. Vernacci, optó por la alegre obertura del Don Pascale de Donizetti, ópera que su querida esposa tenía por favorita, y, en efecto, nada más entonar los primeros compases de la obra, se sintió revivir. Debía caminar, dejar atrás aquellos humerales y encontrar una salida que le permitiese continuar con su viaje. Sabía lo peligroso que podía ser permanecer demasiado tiempo en el mismo lugar. Él, el Guardián, no tardaría en olfatear su rastro, y esta vez no le dejaría escapar. Apresuró la marcha.
     Pasada una hora, Vernacci observó algunos cambios en su entorno que consiguieron alarmarle. Pese a no haber encontrado ninguna fuente de luz en el cielo, éste parecía ir oscureciéndose. Era obvio que el ocaso empezaba a manifestarse, y la idea de andar chapoteando en plena noche sin un lugar seco donde echarse a descansar le pareció el colmo de la mala suerte. Esto contribuyó a que su ánimo se agriase todavía más. Pronto, el Don Pascale de Donizetti se le antojó un paliativo insuficiente. Quebró la melodía en sus labios con desdén y se dedicó a farfullar  toda clase de maldiciones. Aún solía hacer estas cosas a media voz, como si temiese la reprimenda de su difunta esposa; ella odiaba sus accesos de cólera, los veía vulgares e impropios de un caballero. De algún modo, seguir comportándose afín a las que habrían sido sus reacciones en vida le ayudaba a sentirla más cerca. «Elwind», podía oír su voz, autoritaria pero dulce, llamándole, reclamando su atención, «maldecir no te dará la solución a ningún problema, y te hace parecer viejo y feo».  «Más de lo que ya eres», añadía finalmente con una carcajada. «Viejo y feo... », se repetía sonriente el doctor, abstraído en el cálido recuerdo de su amada.
     De repente se detuvo; sus ojos se abrieron sorprendidos. «¿Lo ves? La solución», habría dicho ella, al vislumbrar a lo lejos, flotando en la oscuridad, un conjunto de luces abigarradas, que sólo podían ser las ventanas de un caserón habitado. «Parece que no tendré que dormir sentado en una charca, después de todo», se dijo satisfecho, y reemprendió la marcha con las notas de Donizetti sonando nuevamente en sus labios.
 
(Continúa)
 
    

domingo, 23 de marzo de 2014

EL HOMBRE DE MIMBRE Nº2, SEGUNDA EDICIÓN CORREGIDA Y AMPLIADA




 
 
 
 
Retomar un viejo proyecto y reconstruirlo desde sus cimientos puede ser considerado como una declaración de amor en toda regla. Amor hacia lo que significó la primera vez, y también hacia lo que siempre debió ser, hacia esa idea primigenia que puso en marcha los mecanismos que lo hicieron posible, pero que casi siempre, por inexperiencia o falta de presupuesto, termina escabulléndose entre los vericuetos del conformismo. Ahora, ese sueño primario, esa semilla mágica, vuelve a estar en la palma de mi mano, y he de admitir que el corazón me late con igual o más fuerza que en el pasado. Amo esta revista. Amo los relatos. Las historias que hay en ella. Las que vendrán. Explorar esa suerte de grafobestiario que subyace en la mente de cientos de autores, publicados o no, y mostrarlo a los lectores en las páginas de este espacio, modesto pero entregado a la causa. Y es este amor el que me ha empujado a perpetuar la vida de la publicación más allá de sus muy mejorables primeras ediciones. 
       Siguiendo el camino del primer número reeditado, ofrecemos una experiencia superior a la original.  El Hombre de Mimbre Nº2 conserva muchos de los relatos originales:
Blancura total, de Félix Jaime; El reloj, de Jordi Díez, o Rock me Amadeus, de Pablo García Naranjo, siguen aquí, ocupando el lugar que han ganado merecidamente. También podremos revivir las andanzas del pérfido Victor Balmori, acompañar de nuevo a Tigre Manjatan en la que fue su primera aventura y pisar el familiar gabinete de nuestro amigo Locard, esta vez con ventanas al salvaje oeste. Los zombis de AC Ojeda siguen igual de hambrientos que la primera vez, y el cementerio de Jesús Coronado aguarda como siempre, cargado de misterios y almas en pena. Como novedades, entre otras muchas cosas, tenemos la aportación del poeta y escritor Fernando López Guisado, que nos muestra su vena más salvaje y desconocida en El negocio familiar, uno de esos relatos que manchan de rojo. Veremos osarios, liebres gigantes, guillotinas, un inconmensurable mantón rojo, serpientes de otro mundo, todo ello ilustrado de forma espectacular por Calavera Diablo y Pau Letter. El diseño gráfico de Animagina y la excelente maquetación de James Crawford Publishing completan una oferta redonda, que convierte esta nueva edición en el número que siempre debió ser.
    
     Algunas de las historias que encontrarán en su interior:





 
 
 
 
 
 
 

 
 

 
 
 
 
 
 
 
Ilustradas por:
 
 
 
 
Y:
 
 
 
 
 
 
Así, sí.
 
 
 
 

 
 
 
 
 
 
 

jueves, 20 de marzo de 2014

LA LUNA SOBRE MTATSMINDA





 
 
 
"La luna sobre Mtatsminda", es un tema original de Jansug Kakhidze, director de la orquesta sinfónica de Tblisi, Georgia. Fue Jan Garbarek, músico al que he descubierto recientemente gracias a mi amigo David Torres, el que a su vez me descubrió esta maravilla, al incluirla en uno de sus discos (Rites, de 1998). No había pensado jamás en colgar música dentro de este blog, pero disfrutar de los sentimientos que provoca esta melodía, gestada por Kakhidze en la castigada tierra de Georgia, a las faldas del monte Mtatsminda, poco después de que una enfermedad estuviese a punto de barrerlo para siempre de este mundo, me ha convencido. En un universo donde la fealdad, la envidia, la miseria, los celos, el deshonor, la calumnia, la mentira y el odio campan a su anchas, la belleza siempre encuentra un hueco para recordarnos lo hermoso que es vivir.
 
 
 
 


lunes, 17 de marzo de 2014

LA MANCHA













Lloras para que me apene
Dibujas para que lo vea
Escribes para que lo lea
Ayunas para que no cene


A veces saltas y gritas
Me insultas para que te escuche
Rebuznas para que galuche
Lo sé, lo sé, lo necesitas


Yo, en cambio, necesito otra cosa
Ni tiene tus lágrimas, ni tus dibujos ni tu letra
Ni pasa hambre, ni insulta; vive lejos de la prosa


Me sobra cuanto tienes, tu voz no es esperada
Ha llegado el momento de hacerme con la servilleta
Lo siento, lo siento, pues sé que sin mí no eres nada.





sábado, 1 de marzo de 2014

MONSTRUM II: Hambre de éxito, sed de principios

  
La ambición adquiere extrañas formas  
  
 
 
 
 
 
     —Alegra esa cara, debes estar orgulloso de haber publicado, tal y como deseabas.
    
     A.S se hallaba de pie, de espaldas al río, las manos enganchadas a su generosa cintura; el rostro, redondo como una calabaza, congelado en una teatral expresión que traía a mi memoria la estúpida efigie del Sheriff J.W. Pepper en aquellas viejas entregas de la saga Bond. Sólo le faltaba mascar tabaco y lanzar alguna maldición de ese Far West palomitero que tanto le inspiraba.
    
     —¡Nah! —respondió desganado.
     —¿Nah? Yo en tu lugar estaría feliz.
     —Miguel Barceló me ha mandado un mail, diciendo que tuvo que luchar con el jurado para que incluyesen mi obra.
     —Estupendo, eso significa que tienes un aliado entre el jurado.
     —Sí, ¿pero qué pasa con el resto? Los señoritos de la ciencia ficción no están preparados para mi literatura. Es demasiado potente para ellos, ¿lo entiendes? Llevan tanto tiempo leyendo las tonterías de Asimov que han olvidado el placer de un buen pulp. Y además, son catalanes, y esa gente sólo barre para casa. Veremos qué pasa con toda esa gentuza.
     —Bueno, al menos ya tienes un relato publicado —insistí, tratando de calmar los ánimos del monstruo.
    
     Pero sus ojos centellearon. Me traspasaron. Creo que echó de menos tener un colt con el que dejarme tieso en aquel mismo instante.
    
     —No es un relato, es una novela corta.
    
     Siempre he sido duro de entendederas y el hecho de que su texto formase parte de una selección de relatos no ayudaba demasiado; no fue la última vez que me corrigió al respecto.  El monstruo había conseguido su primera pieza, había probado la miel, y quería más.
     Unas semanas después recibí una llamada suya. Estaba exultante. Me habló de realizar una visita al Congreso Nacional de Fantasía y Ciencia Ficción (Hispacom), que ese año tenía lugar en Cádiz. En la conversación dejó deslizar las palabras: "Acudirá Barceló, y será mi gran oportunidad para darle las gracias personalmente por haberme seleccionado". Me pareció una excelente idea, alejada de sus argumentos incendiarios y derrotistas de días anteriores. Por otro lado, también sentía deseos de visitar el recinto y conocer de qué iba todo aquello de la Hispacom. ¿Cómics, libros, películas, editores...? Pintaba bien. Al viaje se apuntaron otras personas: un grupo de antiguos alumnos a los que el monstruo impartió clases de dibujo en el pasado, y que dirigían (aún lo hacen) una colección de fanzines que mi buen amigo solía despreciar —si bien es cierto que sabía ver el mérito que conlleva autopublicarse en papel con cierto éxito—, y una persona con bastante bagaje en este mundillo cuyo nombre omitiré, pero que suponía para el monstruo la llave que le permitiría entrar en la Hispacom con garantías de ser tenido en cuenta. A éste último lo tachaba de soberbio y gilipollas, compensándolo con un: "...pero está cambiando. Ahora parece otro. Además, nos presentará a todo el cotarro".
     Los días pasaron, y antes de que me diese cuenta estaba dentro de un coche, cruzando el puente de Carranza. El "espectáculo" estaba a punto de comenzar. La obertura prometía algo muy distinto a lo que vendría después: vimos las novedades de cada stand, charlamos sobre mil cosas, pudimos ver algunos originales de Corominas y otras personalidades de la historieta española, y gracias a nuestro miembro de honor, conocido de la mayoría de artistas invitados, pudimos palpar cierto acercamiento a la crème del lugar. Pero en breve, todo tomaría un cariz totalmente diferente. Barceló entró en escena, y la fuerza de la gravedad hizo el resto. Creo que ninguna otra ley de la física podría describir mejor el tempo de los acontecimientos que estaba a punto de presenciar, porque mi amigo tardó en transformarse lo que tarda una mierda en estamparse contra el suelo, ni un segundo más. Su frente se empapó de sudor, sus orondas mejillas se sonrojaron, y empezó a jadear. "Debe estar deseoso de estrechar su mano y darle las gracias por todo", pensé. Al principio puse de mi parte para que el feliz encuentro se produjese lo antes posible, y le acompañé a los rincones desde donde observaba a su salvador, aguardando su turno tras una horda de aficionados y participantes del prestigioso UPC. Pero la visión del rutilante editor, enfrascado en pueriles conversaciones con los aficionados a la ciencia ficción, o los pasos que el buen hombre estaba obligado a seguir como cada vez que era invitado a un jolgorio por el estilo, y que incluían comida y copa a puerta cerrada, terminaron minando la paciencia del monstruo. Poco a poco, dejó de ser el sonriente concursante que sólo pretendía dar las gracias, y se convirtió en el ser más pesado que ha hollado la faz de la tierra. Con mucho esfuerzo, casi como una señora rabiosa en plenas rebajas post-navideñas, consiguió acercarse finalmente a su objetivo, estrecharle la mano y cruzar varias palabras, en las que el distinguido editor aprovechó para venderle el libro de un amigo suyo (libro con el que debió golpearse la cabeza repetidas veces aquella misma noche, preso de la rabia). Mi amigo quería más, quería la promesa de que aquello era sólo el principio, que tras su participación en aquel volumen de relatos las puertas del mundo editorial permanecerían abiertas para él. Evidentemente se comió un mojón.  El mismo que hemos masticado todos en alguna ocasión, nada nuevo, aunque a él se le atragantó. Pero hablemos de la mencionada transformación: durante las cuatro o cinco horas restantes que estuvimos en aquel recinto, asistí a uno de los espectáculos más bochornosos que he visto en mi vida. Y es que ver a un adulto, un hombre que te sobrepasa en diez años y al que has tenido en cierta estima, corriendo tras las huellas de un editor, como un carlino en celo, duele. Duele, y mucho. Fue su sombra en cada stand, su palmero en cada ocurrencia. Cuando le hablabas, sus ojos vagaban ansiosos por encima de tu hombro, sobre la multitud, buscando la barbuda efigie de su amo y señor, y si éste volvía a ponerse en movimiento, allá saltaba él, dejándote con la palabra en la boca. Lo siguió a las escaleras, anduvo tras él por los pasillos, le aguardó a la salida de los servicios, siempre con su libretilla costrosa en la mano y una sonrisa de oreja a oreja, buscando la aprobación del, ya sofocado, editor. Finalmente, llegada la hora del almuerzo, Barceló se recluyó en el salón donde celebraban la comida. Las puertas se cerraron ante mi amigo.
         
         —¡Eh, vamos a tomar algo! —le dije.
         
—Saldrán en un momento —me respondió quejumbroso.
          —De un momento nada, tras la comida vendrá la copa, y luego el cigarro.
          —Id vosotros, ya os alcanzo luego —Y se quedó allí, como un elefante enfermo que esperase la muerte. Al menos hasta que entre todos conseguimos sacarlo a la luz del día y sentarlo a regañadientes entre las mesas de una terraza.
    
        Comimos bien, pero los ojos del monstruo estaban rotos. Su mente había alcanzado un punto de no retorno; seguía en las puertas del recinto donde comían los editores del congreso, aporreándolas, gritando: ¡Eh, estoy aquí, quiero ser uno de vosotros!
         Días después volvimos a citarnos a orillas del río, como hacíamos cada cierto tiempo. Comprobé que su mirada, su expresión de derrota, continuaba inalterable.
    
         —¿Qué te sucede?
         —¿Recuerdas que hablé con Barceló?
         —Sí.
        —Dijo que tuve un golpe de suerte. Dijo que mi obra fue incluida tras pelear mucho por ella, pero que no volverá a suceder.
        —Pero es sólo un editor. ¿No esperarás publicar siempre con el mismo, verdad?
         —He tenido suerte, nada más —repitió agachando la cabeza, sumido en un bucle pesimista que parecía haberlo atrapado para siempre.
    
         En aquel instante sentí una tristeza enorme por él. No obstante, viéndolo allí postrado, con el orgullo mancillado y sumido en una profunda confusión, saqué también una valiosa reflexión que me ha venido acompañando desde entonces; la primera gran lección del monstruo, podría decir. ¿Es a esto a lo que puede conducir una ambición mal entendida? ¿A inmolar nuestro amor propio en una vorágine de desesperación? ¿A pisotear nuestro "Yo", tan sólo por conseguir que nuestra letra termine impresa en una barata edición de papel reciclado? ¿A perder todo lo que de valioso tiene nuestra persona sólo por  alcanzar la gloria de la pulpa? Qué línea más delgada separa al emprendedor del ambicioso, y a éste último de una alimaña rastrera sin orgullo ni moral, capaz de cualquier cosa por aliviar su picor. Una alimaña a la que querrás consolar mientras franquea el infierno que su propia naturaleza le ha impuesto, pero en la que no podrás volver a confiar nunca más.
 
 
 
 
 
 (Continuará...)